8. 1996. La Ruta del Pariacaca, publicado el 21 de mayo de 2008

Octubre 2, 2008 por viajesen2ruedas

Era inevitable que siguiera a la de Olleros. Esta crónica viajera contiene de yapa una breve historia de los años iniciales del ciclomontañismo. Una versión editada a mi disgusto apareció en la fenecida y extrañada revista Andares bajo el título de Dioses y Ciclistas de Huarochirí. Cuando algo parezca anacrónico, redundante, fuera de lugar o ingenuo, téngase en cuenta que estos eran los años iniciales del ciclomontañismo en nuestro país y la crónica tenía un sentido divulgador acerca de un deporte incipiente. Después de esta, hemos vuelto alrededor de una docena de veces, cada vez una variante distinta. Las fotos corresponden a la primera y segunda expediciones, de tiempos pre-digitales.

 

Lo que nosotros hacemos, propiamente se debería llamar ciclotrekking. Ciclotrekking andino, más específicamente. Consiste en buscar (y, eventualmente, idealmente encontrar) tramos lo suficientemente ciclables, como para ser divertidos, dentro de la enorme red de caminos peatonales y de herradura que nos legaron nuestros antepasados, cada uno de los cuales caminos te transporta por sitios de insospechada singularidad y belleza. Aunque, teóricamente, lo que queremos es montar todo el tiempo, en la búsqueda, en la realidad, terminamos haciendo verdaderos trekkings con bici en vez, o además, de mochila. Tanto así que en nuestro caso es probable que sumemos más horas con la cleta a cuestas que sobre ella. La meta, el ideal, sin embargo, ha sido cumplido y sobrepasado varias veces, las suficientes como para animarnos a persistir, cada vez en mayor escala. En el camino hemos abierto, para el ciclomontañismo, algunas de las mejores rutas del mundo.

El objetivo es: sobre caminos peatonales o de herradura (singletracks=huella simple, en contraposición a doubletracks=huellas gemelas, como las que deja un carro, caminos carrozables), sin desmontar, coronar cimas, cruzar divisorias, cadenas, abras, unir cuencas, en fin, hacer rutas significativas, rutitas primero, rutazas después, que cumplan ciertas condiciones como ciclabilidad, buen nivel técnico para su manejo, escénica (paisaje visto y recorrido) mínimo impacto ambiental posible, etc. Mucho mejor, perfecto si son en forma de loop o lazo, aunque no importa si algunas tan buenas son curvas abiertas o arcos o aún segmentos de ida y vuelta.

Aquí, en nuestro medio, esta ramificación del ciclismo de montaña es vista con extrañeza, como cosa de locos y ermitaños, lo cual es cierto de algún modo. Pero nosotros no conocemos otro método más confiable que el de prueba y error para seguir sumando kilómetros a la ya respetable red de ciclovías andinas, fundamentalemente en la Sierra Limeña.

El escenario inicial en Lima fue el Valle de Pachacamac, a fines de los 80s. Al irse especializando y elevándo el nivel de la gente, subimos a sus Lomas adyacentes: HatunSisa, Cardal, Manzano, Pucará, Atocongo Sur. Inicialmente, lo que hacíamos eran loops pequeños, circuitos para carreras de no más de 5 kms usando como base los caminos de los cabreros, cuya conquista fuimos extendiendo al incrementarse nuestra capacidad física y técnica, pasando a las lomas y cerros más al sur y al este: Portillo (Lúcumo), Pacta, Caringa, últimas estribaciones de el gran contrafuerte andino divisor entre Lurín y la cuenca seca del Pacífico. Hasta que llegamos al punto en que ninguna carrera razonable sería capaz de reproducir una de nuestras exploraciones, que ya subían del piso de lomas hacia los grandes cerros del desierto, yungas huarochiranas, inmediatamente al SE de Lima-ciudad. Al agotarse las posibilidades de explorar autosuficientemente esas regiones nos dedicamos a buscar caminos ciclables por un ámbito geográfico más grande, más imponente y más resistente al impacto de las bicicletas que las delicadas lomas. Y así, apoyándonos en carreteras, trochas carrozables y en la movilidad local (Empresas Pérez, Asunción, Paz, Cribillero) subimos a otro piso, de 3000msnm en promedio, sobre todo, a donde la progresión natural parecía indicar como lógico: la sierra quechua al SE de Lima-ciudad, sierra del sur de Huarochirí, que conforme fuimos viviendo en el camino, estaba cargada de vibración, producto de su historia y su leyenda, que constituían la mejor guía del viajero. Leyendo “Dioses y Hombres de Huarochirí” con el mapa de 1:100 000 desplegado sobre el camino, comprendimos que, en el Perú, la Historia y la Geografía, la Tierra, son una misma cosa.

Tal vez el clímax de esa época lo ilustra el “descubrimiento” de la serie de bajadas “de Olleros”, caminos antiquísimos que comunicaban los pastizales altoandinos precisamente con las lomas donde comenzó todo y también con los balnearios del sur y que hasta hoy siguen usando los pastores nómades en sus migraciones anuales. Lo que aprendimos sobre esto, en bicicleta, es toda otra historia.

Estas rutas, que al principio tardaban hasta doce horas de duro trajín, no menos duro por ser de bajada, han sido elogiadas por la revista internacional más especializada (en The Forever Downhill en BIKE Magazine, USA), pero la mejor prueba de su calidad la dan los gringos experimentados que hemos llevado por allí: se pasan de vueltas. Simplemente no lo pueden creer. Sin embargo, para algunos no era suficiente y seguimos buscando. Sabíamos que después de todo, Olleros no era más que la culminación de una vuelta parcial que unía las cuencas del Rímac y del Lurín por sus cabeceras intermedias y que en su recorrido acotaba muchos ámbitos menores que no habían sido explorados. Además, había que crecer, así que pasamos a la cuenca del Mala, que revisamos desde Huarochirí hasta Bujama.

Pasar a la cuenca del Cañete ya era otra cosa. Cuando uno se asoma al mirador de Chancuya el espectáculo es impresionante: Al fondo, a tus pies, al final de lo que parecen ser miles de zig-zags de una terrible carretera, están incrustados, en cerros de diferentes cobrizos y dorados en esta época del año, Huarochirí y sus anexos, cabeceras intermedias del Río Mala, que allí se llama San Lorenzo. Atrás, arriba, cerrando el horizonte al Este y coronando enormes costillares de los Andes, la Cordillera Real: a la izquierda, los nevados de Ticlio y Matucana; al centro, la cordillerita sagrada del Pariacaca; muy a la derecha, cerrando un enorme semicírculo que nos rodea, ya hacia el SudOeste, la cordillera Picchahuacra, donde el nevado Ticlla, que desde aquí semeja un copo de helado, da origen al Río Cañete; el Llongote, como un paredón derruido, se ve cerquísima a la AltaMar más allá de la pampísima puna entre Quinches y Tauripampa, gris sobre contrafuertes amarillentos que desaparecen entre los estratos marinos. Esas montañas, sobre todo Pariacaca, me llamaron. Además desde aquí se entre veía y adivinaba el gran arco que el Cañete, o Huarco, traza desde su nacimiento, haciendo su cuenca muy amplia y compleja. Para llegar a sus cabeceras intermedias había que pasar un alto abra muy cercano a su naciente. Y..¿por qué no llegar a ella?

Esto esperó varios años, porque implicaba una expedición a la Cordillera y disponibilidad de una semana, por lo menos, entre otras cosas. Había que buscar el momento y un grupo (esto, lo más difícil). Si fuera posible, un sponsor (más difícil aún).

Así me pasé escrutando mapas, fotos, hipnotizado por el Pariacaca, a quien convertí en mi Apu personal. Es que el cerro es casi objetivamente hermoso con sus cumbres gemelas. Y además es centro de una historia fascinante. El Camino Real que iba de Pachacamac a Jauja y de allí a Cusco, ese cuyos restos hoy son perfectamente visibles a lo largo del valle de Lurín desde Cieneguilla, tenía un tambo y un templo al pie del nevado donde se hacían ofrendas para agradecer el escaso buen tiempo o pedir que se aplaque la furia de los elementos desatados (recordar que entonces la nieve perpetua empezaba a 4000 msnm). Parece que era uno de los pasos cordilleranos más temidos entonces y en la Colonia. Pudimos seguir los restos del camino -algunos tramos realmente buenos y dignos de rehabilitarse para el turismo- hasta Huarochirí-ciudad, donde perdimos el rastro: los datos se entrecruzaban, cada anexo se adjudicaba el verdadero Camino Real a Pariacaca y Jauja. No se podía estar seguro. Hasta que un día un colega me mostró una fotocopia de una noticia del año 31 donde se reseñaba la partida de una expedición de andinistas franceses desde Huarochirí por San Juan de Tantaranche, siguiendo el verdadero Camino Real, para escalar el Pariacaca. Mentalmente, entonces, la ruta estaba completa. La bajada a Cañete era más evidente: otro camino Inca, el de Huarco, bajaba paralelo al cauce, y aunque la carta recién consignaba carreteras a partir de Alis, después de más de 100 kms y 5 días de senderos desconocidos, estos aparentaban ser lo suficientemente ciclables como para arriesgarse.

Escogí luna de mayo, mes central de la primavera andina, que generalmente ofrece un clima benigno, pero variado. Una semana antes, completamente fuera de estación, había nevado y llovido persistentemente en todo Huarochirí y Jauja, así que cabía esperar sorpresas de plenilunio. El grupo que me había acompañado en casi todas las aproximaciones previas y todas las alucinaciones, fue desertando poco a poco, acuciado por la cotidianeidad y la burlona disuasión de otros cleteros, que opinaban que los estaba llevando al medio de la nada. Así que salí solo y sin avisar un lunes, en Pérez. Si a alguna parte de la expedición le temía, era precisamente a ese Viaje. Un par de tramos a medio camino, pero sobre todo la bajada final a Huarochirí, con una serie de apretadísimas curvas más que en U, verticales, ofrecen al pasajero una vista preferencial del vacío que le espera si algo falla. Pero el envidiable récord sin accidentes de esta carretera parece confirmar que lo que no gastan en carrocería y comodidades lo invierten en frenos y dirección. Y los choferes son buenísimos. Aún así, me sentía aliviado por tener que hacer el viaje sólo de ida.

Pérez sale de San Luis a las 10:00 hacia su otro paradero en el corazón del Agustino, donde tarda hasta una hora en subir con cuidado la carga en la parrilla (canasta le dicen ellos). Y la mayoría de pasajeros. Luego, hacia Cieneguilla. Ni bien se termina el asfalto y la policía, varios que iban parados, hasta algunos sentados, se suben a la canasta y así emprende Pérez su alegre periplo folkloricazo. Todo un trip de Perú profundo a las puertas (falsas) de Lima. Son 6 a 8 horas de polvorienta carretera. En el camino te pegas en el río, las cañas, los huarangos, las huertas, los frutales, los cerros, los restos del Camino Real, visibles hasta que la carretera comienza a trepar zigzagueando por las áridas laderas (km 80, +o-). De allí se cruzan tantos caminos antiguos que resulta difícil decidir cuál es el troncal. Por partes empircado, por otras escalones bien labrados te van dando indicios hasta que al coronar los altos farallones en SanLázaro de Escomarca (+o- km 100, 37ypico msnm) se le puede ver claramente cruzando la quebrada con el rumbo más corto a Huarochirí. Por carretera vagamos todavía media hora de surreal sanset por una alucinante meseta., verdadero techo del mundo desde donde de pronto te asomas a ese impresionante paisaje de profundos valles y altas cordilleras que decía, pero también a la terrible bajada. Pero una vez que ya estás embarcado te entregas con alegre fe a ritmo de chicha.

Como en algunos vuelos al aterrizar, muchos aplaudimos cuando el carro llega, anocheciendo. Esa noche y el día siguiente, martes, los pasé aclimatándome en Huarochirí para tomar al atardecer el carro hacia Tantaranche. Pero antes de embarcarme, probando la nave, noté que algo fallaba. Algo imprevisto, imprevisible, serio. Logré engañarme y seguí adelante con el plan. Me acosté intentando tranquilizarme y me levanté a tratar de arreglar la avería a las 4 de la mañana., gélido y a oscuras, hasta que, finalmente, quedé satisfecho.

El arriero que había contactado con anterioridad previsiblemente me falló, así que tuve que buscar otro, cosa que no me resultó ni fácil ni barata, como esperaba. Finalmente, me enteré de que un hato de llamas estaba saliendo hacia Carhuapampa, mi jornada del día, y que podía llevarme por una mínima suma. Cargué mi equipaje, todo salía demasiado bueno para ser cierto. Efectivamente, a los 200 metros, la avería, maquillada en mi taller viajero, incapaz de llegar a la causa primaria del asunto, colapsó en medio de chirridos, billas rotas y una mazamorra de grasa con metal pulverizado. No me detuve en reflexiones. Descargué y regresé al pueblo, donde la infaltable tribuna local, con sus niños y su borracho, se compungía ante la confirmación de que algunas locuras son, simplemente, irrealizables. Pero antes de media hora, en el fresco patio del hotel “Tantaranchina” ya había identificado y aislado la falla y sus causas, originada en mi exceso de confianza en un irresponsable mecánico. No había alternativa: un taller especializado y repuestos. Regreso a Lima pero sólo para reparar la pieza. Diez minutos después, con equipaje mínimo, emprendía el trekking a Huarochirí: medio día de caminata para tomar, al día siguiente, el Pérez a Lima, ¡era tanto tiempo! Felizmente, encontré en San Lorenzo de Quinti un camión quesero que se iba al toque. Duro pero hermoso viaje en la canasta, con Luna Llena y docenas de sentimientos encontrados. A las 3 de la madrugada yo era un loco que casi corría por las últimas cuadras de la Javier Prado, en short, chullo y con una rueda de bicicleta en la mano. El serenazgo me detuvo y no entendió nada. En todo caso parecía inofensivo y no provocaba disturbios. Una hora más tarde dormía en mi casa y toda la mañana siguiente me dediqué personalmente a la reparación. En la tarde una llamada y por fin consigo un escudero. Esa tarde y esa noche me dedico al relajo total, tipo descanso del guerrero, con el aliento de mis seres queridos cercanos, que por un momento temieron que la expedición abortara.

Partimos viernes. Cuando me fui quedando solo en el proyecto me sentía perfectamente capaz de hacerlo solo, pero cuando ocurrió la avería sentí la falta del apoyo moral de un compañero. Así que mandé un tiro al aire y llamé a Jose Coloma. Cogido de sorpresa, le dije que nos íbamos de fin de semana a Huarochirí, uno o dos días más a lo sumo. Parece que comprendió a la perfección y, sin pensarlo dos veces, tomó una semana de vacaciones. En un día evidentemente no pudo reunir el equipo óptimo, pero su buena voluntad lo suplía con creces.

Esta vez el viaje era de fresa hasta Tantaranche, una verdadera odisea de 11 horas que se hizo ligera por la interminable conversa con el recluta, a quien recién empezaba a conocer. La sazón la puso un atajo de 89° en la bajada a Huarochirí que antes me parecía demasiado para una 4×4 y aún para rappel. Perez la hizo al son de chichas y huainos. Un susto corto a cambio de las insufribles curvas de tres tiempos. Una vez más, contradiciendo los principios elementales de la Física, no pasó nada.

La oportunidad de viajar con llamas no se repetiría y, como de costumbre, y aunque ya había quedado pactado, fue problemático conseguir al arriero y al burro. Explico la necesidad: a lo largo de los años, hemos llegado a un estilo de viaje en que llevamos sólo lo estrictamente necesario para cubrir jornadas de poblado en poblado y, eventualmente, vivaquear, sin carpa. Así se evita llevar esas pesadas alforjas que hacen de las carreteras un suplicio y que en senderos estrechos impiden maniobrar y mucho más, portear. Lo ideal es 12 kgs de peso entre equipo, ropa y comida, repartidos entre una mochila de ataque a la espalda (4) y una parrilla trasera (8). Para la Cordillera hasta 15kgs peso q se puede reducir con equipo más especializado. Pero como mi objetivo de fondo es el placer, ni siquiera quiero cargar esos kilos por senderos ascendentes a los cuales la carga les quitaría acción. Así que mejor pago un burro (S/.10/día), que no sale sin arriero (1 jornal=S/.18), que llevan eso y un exceso de lujo que se puede permitir porque el animal va ligerísimo con mucho menos de los 60 kgs que fácilmente puede cargar. Así, sólo me encargo de disfrutar el camino al máximo. Pensaba usar ese servicio las tres primeras jornadas. El resto aparentaba ser posible con el equipaje reducido y debidamente cargado. Por la misma razón nos apoyamos en el transporte provinciano, que nos lleva hasta donde la diversión realmente empieza. Y aunque no buscamos establecer récords ni demostrar nada, queda claro que la atención puesta al manejo, las dificultades y obstáculos del sendero, los bruscos desniveles, el esfuerzo mental y corporal aún en descenso, hacen que cortas distancias en estas rutas sean más fuertes e intensas que largas jornadas cargadas de carreteras.

Jornada por Jornada:
San Juan de Tantaranche (circa 3400msnm). Fin de la última repartición de la carretera Lima-Huarochirí, km 150 aprox. Anexo de Huarochirí, en la margen opuesta del Río SanLorenzo, al Este de la ciudad. En Huarochirí todavía hay luz eléctrica. Incluso un par de manzanas asfaltadas. Arquitectura señorial donde la hubiera, desgraciada por techos de calamina oxidada y una plaza que acude, en homenaje a Tello, a motivos Chavín que pudieron ser otros. En Tantaranche ya no hay luz ni asfalto. Calles empedradas y arquitectura más rústica, encantadora. La mitad de los techos son de paja o tejas, incluso hay de piedra. Como todos los templos, el de aquí es grande y robusto, de adusta hermosura. Inverosímilmente, tiene un buen hotel (1 estrella) permanentemente disponible. Notables conocidos: Inés (setentayalgo), simpatiquísima y coqueta tendera de la plaza; el atentísimo señor Moreno, administrador del “Tantaranchina”; No tuve contacto con las autoridades, aunque vi y observé al alcalde en el primer viaje de Huarochirí a Tantaranche, que fue experiencia alucinante, lleno de unos comuneros bien adentrinos, totalmente chambinescos, de ambos sexos, de amplio rango de edades, atuendo completo con chullos, ponchos, ojotas y tajllas, arrechantes cortejos entre adolescentes, chismorreos entre mamachas, la inevitable bronca entre borrachos. Surrealista, casi pesadillesco en la agitación mental en que me encontraba. Regresaban de una minka y entre ellos, presidiéndolos, inesperadamente colorado y alto, enjuto pero fuerte, de rasgos aquilinos, tocado de sombrero fino, con actitud de entre dueño de la situación y ligeramente ausente, flanqueado por dos guardaespaldas andinísimos. No me pareció de C-90. Lo confirmé después.

En la siguiente ocasión, la de la partida verdadera, conocí en Tantaranche otra división más de la humanidad en dos tipos: uno es como el joven médico foráneo, lambayecano, que hacía sus prácticas como jefe de posta en el pueblo, reforzada con personal y equipo de la campaña de Salud en curso (buena campaña, se reconoce). Al vernos partir y enterarse del proyecto, nos felicitó y despidió pero, sobre todo, calurosamente nos agradeció por hacerlo. He aquí el tipo que comprende todo de una sola. Los otros son los que creen en tal cosa como “el medio de la nada”.

La ruta a Carhuapampa, excelente para un trekking ligero, cerca de 20 km de suave ascenso, con algunas zonas de riscos y escalones fácilmente porteables. La quebrada es una sucesión de terrazas escalonadas separadas por breves cañadas, cada una representando distintos pisos ecológicos hasta llegar al pie de la puna. Después de una última cañada de caliza blanca, con chorrillos termales, donde el río se sumerge y desaparece, lugar llamado Huari, está Carhuapampa. Este tramo es el menos ciclable. Alrededor del 80% en tiempo. Sin embargo, la variedad y la regularidad hacen de las porteadas no más que un placentero ejercicio.

Carhuapampa (circa 3900 msnm): pueblito marrón en medio de su pampita amarilla, o dorada, al pie de inmensos farallones negros sobre arena blanquísima. De puna, pintoresco, no necesariamente bonito. Gente atenta y hospitalaria. El relajo caracteriza nuestro paseo. No salimos ni tarde ni temprano. Llegamos con tiempo para descansar al sol en unos pedrones a la entrada del pueblo, a orillas del río, algo sucio de plástico y otros restos y donde algunas mamachas lavaban ropa. Antes contactamos a la gentita indicada: Los Pomalazos, ganaderos y además atentos propietarios de una bien surtida bodega. Al toque se aplicaron a preparar un super combo semitípico. Lo servicial no desmerecía el aura de profunda respetabildad que los jefes, Cecilio y su joven hijo César, emanaban. Vivían felices y relajados en una casa solariega en medio de sus mejores llamas, unas 20. Algo desilusionados nosotros, porque ya existía una carretera y al final de ella, mejor dicho más allá, una compresora que alguna minera informal ha llevado para arrasar con Huari y su bello botín de piedra caliza. La carretera es de bajo impacto, sin embargo, sin cortes de dinamita, que sólo en algunas partes coincide con el Camino Real, que se ve ciclable y pronto se separa, nosotros sobre él, para emprender la trepada definitiva, que empieza con un puentecito de esos hacia un paraje de queñuales y de ahí, progresivamente, hasta el abra Mancacoto de 4800 msnm donde pasamos del Mala al primer afluente del Cañete por la izquierda. Excepto una escalada de 30m a tres patas, presentaba pendiente moderada totalmente ciclable, pero el progresivo ascenso con la veta acechando en cada metro más, la hacen algo dura. La hice de una, sin desmontar, sin embargo. Pero el cerro siempre pide una víctima y ya la había escogido: Jose llegó una hora después que yo, empujando penosamente, y ya había vomitado hasta el alma. Eso y la coronada lo habían aliviado un poco. Hasta hicimos algo de fotos y de ahí a bajar, pero sólo hasta 4400, lo cual no parecía suficiente para él, que recayó y se ponía cada vez peor. Pasando el abra nos dimos con la sorpresa de que ya había una carretera, aunque abandonada, una huella, sobre el Camino Real, excelentemente ciclable. A los 4 km de pura velocidad llegamos a Huachipampa.

Huachipampa (4400 msnm): los comuneros estaban reunidos en plena faena del lavado del ganado, que dura varios días, así que no nos pudieron dar mucha bola. Los heroicos maestros nos atendieron, sin embargo. Gélida noche de soroche mortal para Jose, subequipado y que no retiene ni el agua. Alucinante caminata nocturna, casi tibia, para mí, adorando al Pariakaka por fin alcanzado en Luna casi llena. El frío, la sensación, puede llegar a ser subjetivo. El agua congelada en nuestras botellas hasta las 1100 es algo de lo más objetivo (-15°c a las 0500). Al día siguiente José sólo quería largarse, pero el cuerpo, la cabeza, no le van a dar. Una arenga fuerte lo reporta y es el inicio de su recuperación. Queremos irnos a media mañana, pero una ceremonia en la escuela, donde me veo obligado a dictar una clase magistral y una sopa de habas nos retienen hasta casi las 1400. Nos ofrecen pachamanca y un digno recibimiento para ocasión más oportuna pero que no dejemos de volver. Huachipampa es un caserío de chozas de piedra chatas, casi a ras del suelo, con techo cónico de ichu. Literalmente en medio de la puna brava, barrida por un vendaval gélido. A cierta distancia del caserío hay cuatro estructuras occidentales: la escuela y el local comunal, felizmente de madera, donde dormimos. Las autoridades, los Lázaros, acuden a despedirnos muy compungidos por no haber podido abandonar su faena para hacernos los honores. Paisajes amplios, mucho celaje y nevados y dorados, salpicados con algunas de las más bellas (y ricas en truchas) lagunas de la sierra. Tenemos los primeros atisbos del origen del increíble color del Río Cañete. A la vista y a la mano llamas, alpacas, pacos. Aves miles.

Tanta (4200): En dos horas, ya sin burros, cargando todo por el Camino Real, todo en descenso ciclable, llegamos a una enorme laguna ( ) q está en pleno curso del Río Cañete, q aquí discurre plácido por una larga pradera verde y dorada. El río Huachipampa, que viene de Pariacaca, desagua en esta laguna. Aguas arriba, por otro excelente camino, en la orilla opuesta de otra carretera que no figuraba en el mapa pero que ya sabíamos (Jauja-Tanta), llegamos a Tanta. Pueblo de ganaderos, activo pero bastante descuidado, alguna vez habrá sido lindo. Es puerta, empero, de un circuito turístico de gran potencial. Tanta es el acceso a la pequeña cordillera Picchahuacra, paraíso y reto de trekking y escalada en roca y hielo, naciente del Río Cañete. Docenas de lagunas. Hicimos sólo un pequeño tramo de las posibilidades. Al día siguiente de llegar a Tanta, con Jose bastante recuperado y hasta motivado, hicimos la ruta de 15km Tanta-Ticllacocha. Descargados, delicioso. Los caminos que vimos y usamos son inmejorables ciclovías de montaña. Y la escénica se para por sí sola: de lo mejor que se ha visto y tan singular. Increíble. Ver para creer y entender. Ese arco del glaciar enmarcando al Pariacaca en el centro del cielo a tus pies….

Notables: el maestro Vidal y su bodega siempre abierta. Las autoridades políticas cumplieron: los Jiménez y sus socios son una alegre pandilla que parecen tener alguna cuentilla pendiente. Lo importante es que pusieron el local comunal a nuestra disposición los dos días que pasamos allí. Y todo el abrigo que necesitamos.

Tanta-Vilca: el Cañete nace hacia el Este. De allí, en perfecto arco, vira hacia el S, a la derecha. La carretera a Jauja lo sigue hasta que comienza el giro y de allí sube la ladera hacia el E y se aleja del valle, que aquí no se puede llamar cañón porque esas impresionantes laderas no son paredes sino algo que se podría definir como pampas verticales, impresionantes por la enormidad que sugieren y la fauna que albergan. Aquí, donde la carretera se va, en un sitio donde el río se sumerge bajo tierra, llamado Tragadero, tenemos que seguir primero unas confusas huellas de ganado que poco a poco se convierten en algo de lo mejor que hemos hecho en bicicleta. Tampoco hay palabras. Y simplemente no puede uno estar parando cada dos minutos a apreciar una nueva perspectiva del paisaje o a expresar tu exhilaración por la ciclovía (y quedarte corto). Los dos componentes del ciclomontañismo, escénica y calidad de camino, casi en exceso. La llegada a Vilca, la laguna, su bosque flotante, es un clímax que parece un anticlímax porque no se quiere que acabe.

Vilca (circa 38++): hasta aquí hemos ido por un valle de alta puna. Vilca está situado en un paraje donde el valle se angosta y se forma un dique natural cubierto por un bosque que prácticamente crece sobre las aguas de la laguna que contiene y que desagua por una serie de cascadas que el padre de la ingeniería hidráulica no podría ni imaginar en su mejor delirio. El pueblo se encuentra colgado de una colina que remata el conjunto y donde se cambia de piso a la Suni. La arquitectura es agradable a la vista, pero dentro del conjunto destaca por su impertinencia un edificio de ladrillo y cemento de 4 pisos totalmente fuera de contexto, un “albergue”(parece hostal) regalo de Fujimoto a su pueblo engreído de un momento. Totalmente iluminado (Vilca recibe luz eléctrica) y acabado, pero no implementado. Una sola cama, un solo colchón. El agente municipal, Efraín nosecuantos, palabrero y untuoso, obviamente fujimorista, que asumió la representación del pueblo, perpetró un verdadero atraco: primero nos dijo su voluntad, pasando a cobrarnos, luego, 20soles. En varios momentos notamos cierta tendencia a aprovecharse de las arcas del viajero pero Efraín se excedió. La amable propietaria del único restaurante de Vilca dejó de irse a su puna para atender nuestro filo. El chorrazo de agua caliente del hotel, primer baño en cuatro días, nos resucitó. Es demás intentar describir el paisaje de Vilca y su hinterland.

Vilca-Huancaya: pensábamos que aquí terminaba lo bueno: empezaba la larga carretera. Aunque en descenso, este tipo de carreteras presentan una superficie variada, entre muy mala y buena (rara vez excelente, como hasta ese momento) que con las docenas de kilómetros y los notorios repechos y tendidos pueden llegar a ser muuy macheteras. Por eso no nos emocionaba mucho este tramo que además resultaría ser casi todo en subida. Pero esta vez el paisaje suplió todo. Sólo quieres llegar al siguiente recodo y pretextar lo que sea para extasiarte con un nuevo ángulo. Y dejas muchos en el camino. Aquí el Río es una larguísima laguna o una larga serie de lagunas separadas por esos diques coronados por esos bosquetes que decía. La inutilidad de las palabras. Última visión del Pariacaca Sur, tan lejano al Norte. Parece mentira que viniéramos de más allá. Con justicia se le puede llamar a esta la Ruta del Pariacaca. Este pequeño mar en las alturas termina en un cañoncito por el que la carretera baja bruscamente hacia el siguiente piso: las quechuas de Huancaya. Pasamos rápido sus estanques, su color de aguas, sus puentecitos de piedra colonial y su pulcra arquitectura y al poco rato de frenético downhill la laguna Piticocha cierra la zona de las maravillas Pernoctamos en Alis, sobre la carretera Huancayo-Cañete y ya en zona bien trillada por el cicloturismo convencional.

Alis está en el km 174. En una dura jornada llegamos hasta Catahuasi, ya en clima subtropical, km 82. El baño en el Río, caudaloso y tibio, fue lo máximo. La encantadora anfitriona de “El Yauyinito” nos agasajó con un enorme seco de un gordo cordero, combinado, pallares. Cosumado catador de este potaje, no recuerdo uno mejor. De veras. Al día siguiente llegamos a Cañete. No pude hacer la foto en CerroAzul porque un amigo, primo de Jose, nos levantó en el camino:

Con esta etapa completamos la Ruta de los Guardianes del Agua llamada así porque recorre sin interrupción las cabeceras intermedias y nacientes de todos los ríos y quebradas que desaguan al S de Lima, desde la margen izquierda del Sta Eulalia hasta el Cañete. Sus habitantes, desde tiempos inmemoriales, en su quehacer agrícola se encargan de manejar y conservar el agua, cada vez más escasa, que finalmente llega a Lima. El proyecto se inició en octubre de 1990, con la etapa S Bartolomé-Tupicocha-Cieneguilla y desde entonces se han unido los pueblos de Casapalca, San Juan de Iris, San Pedro de Casta, San Mateo de Otao, Canchacalla, Cumbe, Cocachacra, San Bartolomé, Chaute, Santiago de Tuna, Tupicocha, San Damián de los Checa, Sunicancha, Santa Ana, Lahuaytambo, Langa, San José de los Chorrillos, Lanchi, Santo Domingo de los Olleros, Mariatana, San Lázaro de Escomarca, Huarochirí, Sangallaya, Santiago de Anchucaya, San Pedro de Huancayre, San Lorenzo de Quinti, San Juan de Tantaranche, Carhuapampa, Tanta, Vilca, Huancaya, Vitis, Alis, Tintín, Laraos, Catahuasi, Zúñiga, Pacarán, Lunahuaná y Cañete; San Joaquín, Huañec, Cochas, Quinches, Ayavirí y Huampará; Omas; Pilas, Tauripampa y Ayauca; sus anexos y sus sectores que juntos harían una lista que sólo uno de los huainos que permanentemente suenan en Pérez serían capaces de recitar. Este es un recorrido longitudinal que acota un ámbito geográfico enorme y que a pesar de estar tan cerca de la capital (de hecho es su propio ámbito) hemos explorado muy poco. Los pueblos sobreviven olvidados de la ciudad en una curiosa mezcla de atraso y modernidad. Durante el trayecto se unen varios subcircuitos que se paran solos para el ecoturismo, vivencial y rural.

La importancia de la última etapa se debe a que por primera vez llegamos a Cañete desde Huarochirí, montados, y que por primera vez se recorre todo el Río en bici desde su nacimiento. Pero sobre todo, por la increíble calidad y longitud de los senderos. Pero es un paraíso condenado. El micro mar que se oculta en esas alturas es necesitado con urgencia por la megalópolis y por varias partes se topa uno con funcionarios y técnicos que buscan el mejor lugar para la o las represas que como se sabe, representan un altísimo costo ambiental. No creo que una obra así sea indispensable, dada la prodigiosa distribución del agua en las lagunas del AltoCañete. Sin esto, las ubicuas carreteras avanzan, ciegas al costo/beneficio turístico, y sólo es cuestión de tiempo para que el increíble tramo de Tragadero se desgracie. Y ni hablar de la minera informal de Fujimori, en Vilca, que ya se frotan las manos pensando en contaminar las aguas más límpidas del mundo. Más fotos en:
http://picasaweb.google.es/aputrails/RutaDelPariakaka?authkey=xxd60ZsiKTw

7. De cómo “descubrimos” Olleros, publicado el 12 de abril de 2008

Octubre 2, 2008 por viajesen2ruedas

Como cada deporte establecido, el ciclomontañismo tiene su épica y sus leyendas, pero parece que nadie se preocupó de historiarlas, por eso una y otra vez tengo que recurrir a los archivos, si no actuales, siempre oportunos. Ojo a la fecha para ser indulgentes con algunas antigüedades. Como sea, este es un clásico.

Esta es la crónica de un “descubrimiento”. Pero así, entrecomillas. La aclaración viene al caso porque me enteré vía chisme – cuando no, tíos- que una sociedad de impugnadores preparaba una carta aclaratoria en respuesta a esta historia, que ni siquiera había entrado a imprenta. Como lo que contamos trata de ser lo más objetivo posible, no nos queda más que concluir que estos señores son enemigos de la verdad y, por lo tanto, merecedores de nuestra indiferencia. La anécdota es instructiva porque ilustra la pugna que se ha desatado entre algunos grupos de ciclomontañeros por la autoría o el descubrimiento de la mejores rutas de montaña. Entonces, antes de entrar en una historia que podría provocar susceptibilidades en algunos egos, conviene ridiculizar un poco la palabra y el concepto de “descubrimiento” remitiéndonos al descubridor original, Colón, quien nunca llegó a donde quería y no le bastaron tres viajes para enterarse de que, una vez más, había calculado mal. En todo caso, 500 años después, resulta de mal gusto hablar del “descubrimiento” de América. Colón abrió una nueva ruta, pero lo hizo para una cultura, para un modo de ver el mundo. Como lo que nosotros usamos son caminos ya establecidos por generaciones de antepasados que le dieron otro uso, tampoco estamos descubriendo nada. Pero también, antes que nosotros, le dieron uso para movilizarse en biclas, como esta historia demuestra y varios personalmente testificados lo confirman, desde las ciclovías de Omas hasta las de Pampa Cañaguas y las cabeceras del Colca. Sin embargo, sí abrimos rutas para el ciclismo y con ello al turismo y eso ya tiene un valor pero, antes que éste, un costo, pagado solo por los “descubridores”.

Así que naides descubrió na. Bájate del caballo y honra a tus antepasados, radicales caminantes y padres de todo esto.

Esta es un poco la historia del MTB en Lima. Ese año (1991) habíamos explorado, más allá de todos los caminos que se internaban de Pachacámac al desierto rumbo a la Sierra, todas las huellas o rastros de huellas de los alrededores. En esa época aprendimos que para encontrar una buena ruta (un buen loop) singletrack era preciso explorar, hasta el punto de perderse en el camino, unas cinco potenciales rutas. Generalmente, esas “perdidas” consistían en un downhill por rocosos escalones de 10 metros o por interminables e intransitables arenales. Y aún así, era frecuente encontrar primero la subida o la bajada y, recién después de sucesivas exploraciones, que incluían movimiento de piedras y varias pasadas y repasadas para asentar secciones inestables, se “descubría” o, mejor dicho, se trabajaba el complemento de la ruta. Este método de prueba y error, de trabajo y gratificación llevó en esas épocas (1990-91) a completar todas las más famosas rutas y/o circuitos de Pachacamac como el del Puquio, Chirimoyo y varias otras que se mantuvieron secretas o en el olvido.

Pronto, Pachacámac se quedó chico. En nuestra búsqueda del loop perfecto habíamos sentido que ningún downhill parecía lo suficientemente largo como para compensar los sufridos uphills. Por otro lado, sabíamos que casi todos los caminitos confluían en una meta casi mítica, a la cual comprobamos que era imposible llegar con las vituallas y el agua que una montañera permitía cargar para un día. (Porque una de las cosas que nació entonces fue una modalidad de viaje ultraligera en montañera, donde cargábamos en una mochila compacta -no más de 5 kg- lo necesario para ir llegando de pueblo en pueblo, sin grandes paquetes que le quiten placer a la travesía). Por lo tanto, para hacer un satisfactorio downhill había que emprenderlo desde arriba, donde los caminos se juntaban. En todo caso, tanto de subida como de bajada, el desierto a cruzar era temible y no era cosa de intentarlo sin estar bien preparado y equipado.

Pero no era eso precisamente lo que pretendíamos el día que Alfonso (Roda) y yo salimos pedaleando de Casablanca, en Pachacámac, rumbo a Cieneguilla para allí alcanzar el carro a Huarochirí que supuestamente pasaba a eso de las 0900. Lo que habíamos planeado hacer en esa ocasión era sencillo: llegar temprano en bus a la altura del cruce de la antigua y la actual carreteras a Huarochirí para seguir esta última en su descenso por la quebrada Tinajas y regresar al atardecer o en las primeras horas de la noche. Un largo descenso, sí, pero algo relativamente seguro. Nada de internarnos en lo desconocido esta vez.

Ahora bien, hay que tener en cuenta la fecha (Oct 91). En esa época la experiencia colectiva del MTB peruano no pasaba de lo que nosotros mismos hacíamos, los ocasionales raids que diferentes grupos habían realizado sin alejarse demasiado de las carreteras y la incipiente escuela cusqueña que seguía los pasos dejados allí por algunos tempranos exploradores españoles. O sea que las posibilidades, autonomía de vuelo de nuestras naves y nuestra propia capacidad nos eran casi desconocidas o carecíamos de referentes para saber en qué estábamos. Por lo demás, las luces para montañera eran una rareza en Lima y en todo caso la idea de prolongar la pedaleada más allá de la caída del sol era mirada con escándalo. También estábamos entrando a la época más brava de los terrucos y se solía considerar que los alrededores de Lima estaban infestados de ellos. Algunas otras cosas no sabíamos….como los tiempos y plazos de las diligencias andinas. Al “Pérez” tuvimos que tomarlo en Nieve Nieve recién al mediodía para detenernos y almorzar en Antioquía. Así que por Langa -totalmente árido al centro de 4 años de sequía- pasamos a las 1500 y a Tres Linderos, donde siguen empezando casi todos los paseos actuales, llegamos pasadas las 1600.

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Estamos en la cima de la divisoria entre la cuenca del Lurin y el mar, donde se juntan todos los cerros a espaldas de los balnearios del Sur. Al principio, la carretera va flanqueando la cima, especie de columna vertebral con dirección SSE-NNO coronada por puntas de piedra de imponente aspecto -rematando las cuales destaca por su altura Cerro Pamparena con su punta, el Apu Wichuca a 4000msnm- o por “bosquetes” de rocas y a ambos lados de las cimas, entre 100 y 300 mts. más abajo, explanadas a modo de balcones: la que da a la derecha, hacia el N, más alta y estrecha, desciende abruptamente hasta el Valle de Lurín, la otra al SO, desciende suavemente en colinas onduladas atravesadas por grietas, lechos rocosos que se van convirtiendo en verdaderos ríos secos que en su descenso hacia sus colectores comunes: la Quebrada Cuculí,. que desemboca en Chilca, Chamaure, en San Bartolo, Malanche en Punta y Lúcumo, en Lurín, forman alucinantes cañoncillos que atraviesan una sucesión de pisos ecológicos muy singular: de hecho, algunas zonas de vida únicas. Esta estrecha meseta se detiene abruptamente más o menos a los 2800msnm formando un arco de “balcones” con foco al SO desde el cual en días despejados se divisa la costa entre Pucusana y San Lorenzo y todos los cerros que descienden hasta ella. Las diferentes combinaciones de condiciones climáticas, altura de las nubes por encima y por debajo del nivel del observador, la visión de la altamar en una altura inesperada del horizonte y la vegetación -praderas y matorrales- que aún en la época seca prestan complementos dorados al paisaje, hacen de esta región uno de los mejores miradores del crepúsculo. En los contrafuertes al pie de estos balcones se forman en variables épocas del año (sobre todo Otoño) una vegetación que complementa la vegetación de secano más arriba y que no puede ser mejor caracterizada que como una loma de altura a 2500 msnm muy conocida por los pastores viajeros. Entre la fauna avistada o percibida en esta zona hay zorros, zorrillos, muca, vizcacha, roedores varios, un mustélido, incontables reptiles -incluida una especie de salamandra, gato montés, puma, palomas diversas, perdices que ocasionalmente se convierten en plaga, por lo menos media docena de rapaces diversas, cóndor, zorzal andino, pájaro del Inca , colibríes varios, pájaro carpintero, etc. En suma, un paisaje para disfrutar de la contemplación.

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La parte que siguió a continuación es profundamente personal. Sentía en el aire una ligereza difícil de describir, más allá de la que se puede sentir por la altura. Recuerdo mi paciencia para ponerme música (Deuter: Sands of Time) y dedicarme a fluir por ese paisaje, por esa parte tan relajada de Corral Blanco y los muros. Alfonso guiaba y yo tenía la seguridad de que en dos horas avanzaríamos lo suficiente como para estar en alturas más seguras. Creo que él ya no estaba tan seguro. Y de hecho ya no sabíamos dónde estábamos.

Cada uno por su lado y sin conocerlo entonces, ambos teníamos un lugar especial en nuestros recuerdos para este sitio. Alfonso me había hablado de largos paseos familiares en los que llegaban al final de la carretera a Cuculí, y Olleros no aparecía. ¿Olleros?…Allí arriba, señor…tres horas caminando…Yo recordaba, de los paseos playeros al Sur, el letrerito colorido, con azules que evocaban su tan escasa agua, que invitaba a visitar Sto. Domingo de los Olleros, 50 kilómetros Chilca adentro. Cambiar la playa por un día cuesta arriba por el desierto era duro, pero nosotros lo éramos y una vez entramos, pasamos Cuculí, lindo “desierto” después de todo, y encontramos a los Olleros, bajando a comerciar sus ollas, pero no a Sto. Domingo, caminata cuesta arriba a 2800 msnm. entre las nubes. Mucho tiempo después, cuando no sabíamos que no lo habíamos olvidado, la condición de origen y meta de todos los caminos pachacaminos, su presencia en el rincón más alejado cada vez que desplegábamos la Carta IGN de Lurín, convirtieron al lugar en una especie de meca inalcanzada.

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Una ollita de barro coronaba el arco de entrada, celeste, de un pueblo que yo no recordaba como Buena Vista (donde había estado antes y se suponía que deberíamos estar llegando) y cuya inscripción consignaba fecha de fundación colonial y el nombre, que al principio pretendimos atribuir a confusión de los locales: Santo Domingo de los Olleros…Cuando asumimos que los equivocados éramos nosotros y salimos de nuestra sorpresa, recién nos percatamos de que estábamos en un aprieto. Alfonso miró hacia las cumbres de los cerros que acabábamos de descender y yo miré hacia el fondo de las quebradas hiperáridas sobre las que el pueblo descansaba en su balcón colgante, echándole un reojo al sol casi poniente allá en el lejano horizonte Pacífico.

La situación era crítica. Sin mapas, ignorábamos la altitud en que nos encontrábamos, pero lo expuesto de lugar amenazaba con una fría noche. Nuestro equipo era precario, no más del que se necesita para un buen día de Lomas: cortavientos y un polo por ahí de manga larga. Si bien el pueblo no estaba totalmente deshabitado, no se veía muy acogedor, por lo tanto no parecía recomendable pasar la noche ahí. (Mucho después conoceríamos la tímida hospitalidad de su gente y su más que benigno clima). Además, yo tenía una inoportuna reunión de trabajo al día siguiente en la mañana y debía estar a primera hora en Lima. Por lo tanto, decidimos que había que seguir la marcha. Interrogamos a algunos poblanos que nos miraban entre preocupados y divertidos por nuestra gratuita manera de meternos en problemas. Habían tres alternativas. Las mías: tomar el enlace peatonal que nos llevaba bajo los amenazantes farallones del Wichuca al Norte hacia la carretera a Tinajas, no quedaba claro si en subida o bajada; o, literalmente, descolgarnos cuesta abajo por el desconocido camino real hacia la quebrada de Chilca. La alternativa de Alfonso era desandar lo descendido para retomar la carretera y llegar a la repartición donde, con suerte, podríamos tomar un carro que nos lleve a Lima, abortando así la misión. Tan convencido estaba él que antidemocráticamente comenzó a montar en esa dirección. Pero, observando las nubes grises que se iban posando sobre las cumbres y pensando que si no teníamos esa suerte una noche allá arriba sería más fría aún, me mantuve en mis trece y logré que uno de los locales nos garantizara que lo mejor que podíamos hacer era bajar hacia Chilca.

Así lo hicimos y la bajada a Huallanche – que incluye una breve porteada- resultó ser tan buena que llegamos al pueblo antes de que oscurezca, aunque la ansiedad por llegar al pueblo nos impidió apreciarla plenamente. Entramos sin saludar por una calle que resultó más difícil que la bajadaza de 1000 metros que acabábamos de hacer saliendo por una carretera que hasta ahora es una de mis favoritas para bicicleta, tanto que me hizo perder prudencia hasta que me caí, agravándome una fuerte lesión que había sufrido en la clavícula un año antes. La oscuridad nos agarró parchando llanta en el empalme con la carretera principal a Chilca, recién en el fondo de la quebrada madre, a 50 km de la costa. En un tambo cercano, una Inca Kola y unas galletitas y una voz que nos previene oportunamente: “cuidado con las acequias” trampas mortales para ciclistas en la oscuridad y que atraviesan el camino cada cierto trecho. Con todo, mi lesión no me dejaba montar en la noche, así que al rato acabé caminando. Lo que vino después fue una caminata bien conocida que algunos han repetido con nosotros por otras quebradas aún más desoladas y una hora clásica para llegar perdido: 3 de la mañana. La tensión de la aventura estalló en Pachacámac, adonde llegamos bronqueándonos de boca pero sabiendo en el fondo que aquello nos había unido bastante. A la mañana siguiente, a la hora de mi reunión, solo pude darme una vuelta entre las acogedoras sábanas de Casa Blanca para seguir con mi urgente sueño.

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Pasó un año completo de carreras, paseos y otras aventuras del MTB inicial. La fuerza y nuestra capacidad de cubrir cada vez mayores distancias se incrementó notablemente y ya era perfectamente factible cubrir en pocos días la ruta de “Los Guardianes del Agua”. La había conocido hacía años, cuando con mi familia buscábamos un sitio ventajoso para contemplar el paso del cometa Kohoutek. En anteriores expediciones pedestres al bosque de Zárate había visto una carretera que llegaba a los pueblos de la ladera opuesta, así que esta vez decidimos seguirla para ver adónde llevaba. No vimos el cometa pero llegamos a Tupicocha y quedé impresionado por los paisajes de esa vecina sierra limeña y me llamó la atención la existencia de una carretera que conectaba las cuencas del Rímac y del Lurín. La urgencia de volver a esos sitios nunca pude satisfacerla hasta que me hice ciclomontañero y ello me llevó a emprender, parcialmente, esta ruta en un par de oportunidades; pero no fue hasta la Semana Santa del 92 cuando recién me di el tiempo y reunimos un grupo de 7 cleteros que antes del cuarto de recorrido ya se había reducido a dos: el primo Mario Pelosi y este cronista.

Bautizada así porque sus pobladores, -cumpliendo un trabajo ancestral ampliamente documentado en la rica mitología de esta tierra- cuidan el flujo del agua de las cabeceras intermedias hacia los valles y planicies de la costa con sus reservorios, control de la erosión y, en general con sus labores agrícolas cotidianas, la ruta de “los Guardianes del Agua” usa una serie de caminos que unen un rosario de pueblos -antiguas reducciones- a casi todo lo largo de la provincia de Huarochirí, ocupando una línea más o menos paralela al mar por la cota de 3200 msnm en promedio. Su valor escénico, étnico y ecológico es muy grande a pésar de lo cual y de su vecindad a la capital se encuentran sumergidos en el olvido. Pero la crónica de estos lugares y de ese camino es una historia aparte. La cosa es que Olleros encajaba naturalmente en ese recorrido y, si lo que creía haber visto en nuestra anterior fallida aproximación al lugar era correcto, sería un broche de oro para esta ruta que estábamos abriendo para el cicloturismo y como tal decidimos incluirla en nuestro itinerario original.

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El amanecer del Domingo de Pascua nos encontró en Langa (2900 msnm) con más de 120 km. de montaña pedaleados a nuestras espaldas. Desde aquí, la carretera a Cieneguilla, 90 kms. en absolutamente fácil descenso, lucía incitante y tentaba a usarla para llegar tranquilamente a casa al mediodía, el almuerzo pascual en familia y todo eso. Después de todo, pensaba, ya es una buena cosa lo que hasta aquí hemos hecho y se podía decir que nuestro objetivo de establecer una nueva ruta ya estaba alcanzado. Le expliqué esto a Mario, mientras mirábamos la cuesta de Matarachi, que trepaba un impresionante paredón y nos separaba del techo de nuestro recorrido, a 3700 msnm, sugiriendo el retorno fácil a Lima, a lo cual él me respondió inmejorablemente: “Si no vamos a Olleros, consideraré que no hemos hecho nada….” Valiente hijo de un finado igualmente valiente que hoy debe estar divirtiendo a los ángeles con su ocurrente alegría inextinguible y sus eternas ganas de vivir.

Estaba decidido. Solo tardamos hora y media en coronar y el tiempo estaba tan de nuestro lado que nos dimos el lujo de merendar y vagar por la meseta un buen par de horas. Llegamos a Olleros al mediodía y nos fuimos al mirador de la costa para, carta en mano, decidir nuestra ruta de descenso: si la que habíamos empleado en la debacle con Roda o una de las posibles, desconocidas alternativas. En eso estábamos cuando se nos acercó un local…con su bicicleta (no hay nada nuevo bajo el sol, pensé): un perfecto modelo “jardinero”: aro 28″, llantas slick con refuerzos de cáñamo, asiento con suspensión (no de elastómeros, ni de aire, ni aceite), frenos de varilla casi operativos y, como más valioso implemento, una parrilla que, por el peso, podía ser de plomo. Lamentablemente he perdido mi bitácora donde consignaba el nombre del verdadero “descubridor” de esta bajada. Nos contó sobre su tierra, sus alrededores, su relación con las lomas de Pachacamac y las rutas para llegar a ellas y a otras lomas hasta Mala y acerca del patético par de dementes en bicicleta que, un año antes, no habían escogido el mejor camino para bajar a la costa. “El mejor para bicicletas es el que baja a Chamaure (o sea, el huaico de S anBartolo), explicó.

-Y tú …¿cómo lo sabes?
-Porque lo he usado varias veces, puessss.
-Pero ¿puedes describírmelo? ¿hay muchas piedras? ¿escalones? ¿no es muy pesado?
-¿Para qué quieres saber todo eso? Lo que importa es que es bueno pa bicicletas.
-¿Cómo lo sabes?
-¿No te digo que yo mismo lo he hecho?
-¡¡¿¿??!! (¡¿en esa bicicleta ?!)
-Pero en algunas partes hay que caminar. Empujando, o mejor dicho jalando la bicicleta.
-¿Cuánto rato?
-Media hora a lo más.
-Y el resto…¡pudiste hacerlo montado?
-El que puede, ¡puede, puessss! (¿o dijo: el que sabe, ¡sabe, puesss! ?)

Esta respuesta es un clásico del ciclomontañismo nacional, acuñada por este padre del ciclotrekking andino. No había más que decir, nos esperaba una especie de ciclovía. Nos despedimos y emprendimos por primera vez la ruta de descenso que ya tantas veces se ha repetido hasta convencer a sus usuarios de que hasta el momento, por sus características escénicas, de longitud, altitud, sucesión de pendientes, variedad, superficie de terreno, velocidad, nivel técnico y exigencia física, pocos se atreverán a discutir que es la mejor en el Perú.

Pero no la hicimos completa. Algún rezago de conservadurismo mezclado con sentido común me lleva a hacer pasar -a los no iniciados- las mismas pruebas que pasamos nosotros para aproximarnos a un lugar o a una modalidad de MTB. Creo que hay una secuencia correcta de sitios y pruebas en los q aprender y mejorar el pedaleo y, más que eventualmente, la caminata, la porteada por los cerros. Jamás llevaría, por ejemplo, a Chirimoyo a un neófito que no ha pasado antes por el Kamikaze, Manzano y una serie de pruebas previas que lo pongan a nivel.

Y aunque Mario no necesitaba que lo ponga a nivel de nada, como rito iniciático y porque el bosque enano de la bajada a Huallanche era digno de volver a visitar, en el segundo corral hacia Chamaure (el Solarium) tomamos el camino a nivel que enlaza ambas bajadas. Esta vez 100% montados, totalmente avisados y equipados, llegamos a Chilca poco después de anochecer para ver pasar el interminable desfile de veraneantes resacosos de Semana Santa de vuelta a casa. Nunca falta un sapo que se detiene, al vernos tirando dedo, para burlarse de esos pseudociclistas que no la pueden hacer completa hasta CerroAzul ida y vuelta.

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Meses después el Flight Cycling Club llevó al primer grupo por la bajada de Huallanche y luego, con el mismo grupo, completamos Chamaure hasta San Bartolo, a cuya base habíamos llegado desde abajo algún tiempo atrás observando la admirable construcción del camino colonial. Con estas dos expediciones comenzaron a aparecer los falsos descubridores y pioneros segundones. Así “descubrimos” Olleros y creemos que esto es importante porque el suceso marca un hito en el ciclomontañismo nacional y hasta hoy la zona sigue marcando el estado del arte del Downhill en el Perú.

Para ver más fotos ir a: http://picasaweb.google.es/aputrails/Olleros?authkey=tbuHy-Tqo10

6. El precio del querer…Reflexiones de vuelta de otra aventurilla, publicado el 28 de Febrero de 2008

Octubre 2, 2008 por viajesen2ruedas

No hay nada mejor que navegar así en el Amazonas. Siempre uno tiende a figurarse eso de las monótonas horas de uniformidad entre dos murallas verdes con los ensordecedores motores como ingrata música de fondo. Pero Hay de estos. Dueños de cubierta o techo del bote colectivo de madera. El Jonson 40 a media máquina, casi imperceptible a favor de la corriente, un amable ronroneo, apenas. La muralla verde ya no es en la vaciante; entre el río y el bosque la variada franja de arena multiplica el paisaje: a veces casi vertical y recta, otras veces una pampa inmensa, más allá delineando gentiles curvas, acentuando meandros; imitando puntas y bahías marinas, hasta dunas. Y el sol de la tarde: en cada curva un nuevo, mágico ángulo de luz, irrepetible por la larga caída del astro. Difícilmente alguien podrá convencerme de tres mejores horas, este viaje Tamshiyacu – Iquitos.

Solo superadas -tal vez- por las treinta horas que las precedieron: empezaron en deslizador hasta Gallito y su demasiado buena para durar Avenida Costanera por que en 10 minutos desaparece en una de esas carreteras mal concebidas que el tiempo convierte rápido en pantanos rectos. O cargar la bicla -portear- por esos lodos infames o un complicado o riesgoso manejo por la sacarita al borde del Amazonas. Y así fueron casi todas las tres primeras horas, alternadas con breves entusiasmos pedaleros y…las quebradas. Ríos, para cualquier otro lugar del Perú. La necesidad y el arte de la chimba. Cada una, una aventura distinta. La primera, “exótica”, la última, la quinta, penosa. Tantas bicis, tantas chimbas, tuvo que haber hombre (y bici) al agua. Ese era el precio. Y “su voluntad”. La del chimbao, que la del chimbador (una niña de 8 años diestra en su canoa, la última) siempre esta ahí. Hasta que apareció lo prometido, que no acabó con las chimbadas, sin embargo: los inverosímiles 10 km o más de vereda de concreto. Divididos en dos secciones claramente diferenciadas: la primera, de curvas cerradísimas y exabruptos verticales, vertiginosa ciclomontaña rusa. Inédita, hay que experimentarla pero ojo, mucho ojo con esas curvas verticales de peralte inverso. Lástima la brevedad, se queda corta porque la segunda sección, chimba de por medio, es una larga casi recta apta para todos con su yapita de tierra hasta tamshiyacu a media tarde. Fue duro pero hermoseado por las constantes visiones del Amazonas: paisajes de fondo, primeros planos, transparencias, collages, escenas costumbristas, la muestra nunca se detuvo. Y la mañana siguiente, la del retorno, dedicados a entender -correteando entre sombras de añosos humarales o maniobrando al sol entre espinas de piña o al borde de segmentos de ruta que la agenda nos truncaba- que este era otro ignorado paraíso del ciclomontañismo.

Esto y mas se reflexiona navegando en el relax de la misión cumplida junto a estos seis locos, personalidades tan distintas cada uno pero unidos en este disfrute por más sutiles afinidades culturales. Lo gracioso es que ni siquiera saben lo que hacen. De cómo están quemando etapas, poniéndose al día con una actividad deportiva y turística que ya tiene 18 años en el Perú y que en ciudades como Piura, Trujillo, Chincha, Tacna, va en camino a la masificación ya alcanzada en Lima, Huaraz, Arequipa, Puno, Cuzco, Huasahuasi con la consiguiente forja de deportistas, diversificación de la oferta turística, creación de nichos laborales, hasta planteando un nuevo, vanguardista modo de entender la racionalización del transporte urbano. Tal vez aún no perciban ellos que son fundadores. Que si lo toman en serio son ellos la vanguardia de todo esto y algo más: Algo que nos da una oportunidad, a los que nos negamos a aceptar que la vida es sólo una alternancia entre la supervivencia y la juerga anestésica, que sabemos que lo podemos, que debemos robarle un tiempo para lo lúdico, donde el alma goza, que es a fin de cuentas donde nos contactamos con la eternidad; algo que nos da la oportunidad, decía, de demostrar que es esto no solo socialmente aceptable sino hasta necesario y que, de yapa, económica y socialmente rentable.

Pero no creo se den cuenta aun, les he dicho de lo meritorio de su esfuerzo físico y mental, absolutamente sub equipados. Que repiten y pasan, magnificadas, pruebas que tantos otros arrugaron antes en mas ventajosas condiciones que las nuestras ayer, que tomaron con tanta paciencia y buen humor. ¿y mañana? Navegando, aun no lo sabía, mañana llegaría justo a tiempo, poniéndonos -esta vez me incluyo- la valla más alta a superar. Les prometí “la mejor ruta de la selva hasta ahora”. Ahora sí vamos a pedalear todo, unas cuantas porteadas ligeras, ninguna chimbada. Pero amaneció con cuatro horas de lluvia por detrás y por delante. Ya era atrevido persistir con la idea, llegar a Santa Clara. San Pablo de Cuyana nos miró, escéptico, pasar por el lodazal bajo la garúa, hasta el km 5, donde decido tirar la toalla, donde ya lo hice antes, en no tan malas condiciones: propongo media vuelta, el clima nos ganó, no se puede. Y ellos dudan desde sus bicicletas básicas, sin casco, guantes, cero parafernalia ni vestuario, sin toda la historia del ciclo montañismo a sus espaldas, dudan, oyen mis razones, las aceptan pero…siguen al primer desquiciado que dice y emprende: “entonces ¿continuamos?” y fuimos. Para comenzar, nunca vi tan cargada la quebrada Shihua. Hubo que chimbar. Mucho después, manejando a la luz difusa del plenilunio nublado, coronando otra alta cresta (¿otra más?), descendiendo mas allá del fondo de otro profundo seno, un mar tormentoso por una senda mínima. En una de esas crestas, no la última, las luces de Iquitos al fondo y la fluidez del camino, el climax instintivo anuncia la llegada y redondean la épica. La mía, personalísima por 2 nuevos records: el de redondear 30Kms a más de 80% de pedaleo en la selva bajo las peores condiciones: ni un rasguño, ni una falla mecánica. El otro el de sacar completo un nuevo grupo de cleteros. La épica colectiva, seguro que suma de sus hazañas, consiste en que todo el grupo la hizo, algunos más contentos que otros a esas horas de la noche. Pero nadie les dijo que esto tenia que ser permanentemente agradable. No. Es como la vida misma, como la felicidad, que no es un estado permanente de vacuo éxtasis, sino el saldo costoso, rico, de tristezas y alegrías, de esfuerzos y recompensas. Y esto es lo lindo del ciclo montañismo: te brinda, a tu elección, muchos de los mejores momentos de tu vida. Aún así, otra vez, difícilmente cambio esta navegación por el Amazonas por ningún otro momento. Felicitaciones muchachos, bienvenido Iquitos al mundo del ciclismo de montaña.

5. Ciclismo urbano y ciudadanía

Octubre 2, 2008 por viajesen2ruedas

Encaminado a otros cauces el fascinante y productivo debate sobre caminos ancestrales, me propongo dirigir el tema ahora a otro no menos candente y que, precisamente y no por casualidad, trata de derechos de uso de caminos que, aunque esta vez no tan atractivos como nuestro querido Qapaq Ñan, tienen mucho que ver con la Ecología humana, urbana, mejor dicho, tema más que simbólico y del que depende nuestra viabilidad como sociedad civilizada: las calles de la ciudad.

Desde el sillín de una bicicleta todo se ve diferente, la vida se ve diferente, la vida es diferente. Pero de todos los aspectos de la vida que así se ven, o son, no hay ninguno como el tráfico. Tránsito, me corrigió el comisario explicando, condescendiente, que esa denominación emparentaba una actividad noble, como el tránsito, con otra muy sucia, como el tráfico de drogas. Entonces, para nadie, nosotros lo llamaremos la cultura del automóvil.

Porque la cultura del automóvil define, determina la vida ya no sólo en las grandes ciudades, sino también en poblados menores y hasta zonas rurales. Pero ahora la que nos interesa es la gran ciudad. Y como la cultura del automóvil la determina, basta unas ojeadas desde este mirador privilegiado -el sillín- que nos permite, estando dentro, una mirada desde fuera para darnos cuenta cuanta irracionalidad, cuanta inhumanidad hay en la vida humana tan bien graficada por la cultura del automóvil.

En 35 ó más años que me llevo transportando en bici he visto clarísimamente cómo ha ido degenerando esta cultura. Comenzó tal vez a mediados de los 70 con la aparición de los microbuses esos primigenios buses camión cuyos pilotos introdujeron una nueva propuesta de (ir)racionalidad que los limeños -no sólo los de primera o segunda generación, se ve clarísimo desde el sillín- fueron adoptando poco a poco hasta abrazarla con fervor hoy. Esta racionalidad, la del atropello al más débil; la de que mi tiempo siempre es más valioso que el tuyo, y que tu salud, y que tu vida; la del peatón convertido en un conejito asustado; la de hacer parar el micro en la puerta de mi casa; la de tomar el taxi en cualquier sitio; la de la señora de la movilidad escolar insultando (educando a sus pasajeros) al peatón que hace uso de su preferencia de paso mientras ella ejecuta esa violación light de la luz roja que consiste en acelerar con el semáforo en ámbar, la del idioma salvaje del claxon, en fin, la de no haber reglas …

Otra propiedad que mantuvo el sillín durante mucho tiempo es la de conferirle el don de la invisibilidad a quien lo ocupe. Tenía sus ventajas, como cuando en los 80s la policía cerraba una cuadra, detenía a todos, autos y micros y ponía a los pasajeros de cabeza, mientras el ciclista pasaba esquivando prudentemente sin que nadie pareciera advertir su paso. Por eso no es muy atinado hablar de la falta de respeto, del abuso al ciclista, porque ¿se puede abusar de quien no existe? Pero ahora ya no, nos hemos hecho visibles como un estorbo, como a alguien o algo que no debería estar allí, en el tráfico, aunque sólo sea porque nos recuerda el absurdo de la cultura del automóvil. Y es que ya dejó el problema de ser la falta de respeto, ahora el punto es que ya no hay espacio para nosotros y el que lo toma, lo hace a su cuenta y riesgo, no sólo de su salud y de su vida sino al hecho de enfrentarse a una serie de desplantes y humillaciones por parte de los esclavos de la cultura del automóvil, de nuestra sociedad, en suma.
Por eso, es sólo natural que hayamos buscado -y encontrado- 6 razones objetivas que nos hacen los mejores ciudadanos de la calle. Llámenlo mecanismo de defensa, llámenlo racionalización, si gustan, pero de que son ciertas estas razones, son ciertas:

Con nuestro hábito de transporte, los ciclistas no contaminamos. Lo malo del calentamiento global es que nos ha hecho creer que es el único gran problema ambiental que tenemos. Como si los gases de invernadero, si no lo produjeran, no fueran tóxicos. De vez en cuando salen estadísticas de las muertes y el incremento de enfermedades bronco-respiratorias por contaminación atmosférica. No sé de dónde las sacan, porque todavía no hay datos consistentes sobre esos daños colaterales de la cultura del automóvil. Se necesita más perspectiva estadística-histórica para ello y la primera generación de niños -nuestros hijos- nacidos bajo niveles intolerables de contaminación recién nació hace unos 20 años. Cuando ellos vean sus expectativas de vida reducidas, cuando sus radiografías muestren pulmones ennegrecidos por carbón de plomo y azufre, allí recién ellos sabrán a qué atenerse. Mientras tanto, los incrédulos e impacientes tienen un grupo de prueba rápida: en el hospital de policía deben haber datos de cómo anda la salud de nuestra policía de tránsito y si se puede hablar del cáncer al pulmón como una enfermedad profesional.

Con nuestro hábito de transporte, los ciclistas no calentamos la tierra. Sí, porque no sólo se trata de no emitir gases, sino de no calentar la atmósfera con más motores, aparatos, focos que los necesarios.
Con nuestro hábito de transporte, los ciclistas no desperdiciamos energía. No deben haber en el mundo mil personas que sepan a ciencia cierta cuánto petróleo queda disponible para la humanidad. No conviene. En todo caso, cuando los demás lo sepamos, será demasiado tarde. En todo caso, es una locura quemar el petróleo, es como quemar Picassos, dijo un magnate petrolero, con todos los otros usos que tiene, sin los cuales nuestra calidad de vida, la tecnología sería impensable. Y ¿para qué lo quemamos? Pregúnteselo cuando esté parado en una luz roja. Haga un ejercicio de cálculo de cuánto combustible, cuánta energía se desperdicia (contamina, calienta, mata) sólo en Lima en las luces rojas en un solo día. En un año: todo lo que se podría hacer con lo que ese combustible, empleado en esperar colectivamente el cambio de luces, nos cuesta: mucho más, por ejemplo, de lo que ponen los mineros como óbolo por 5 años de llevársela toda.

Con nuestro hábito de transporte, los ciclistas no desperdiciamos espacio. Un auto, detenido, ocupa no menos de 6 metros cuadrados. En movimiento, un área proporcional a la de la velocidad que emplea, que es la distancia que tarda en detenerse. O sea que un auto mediano a 60 km/h ocupa no menos de 200 m2, demasiadas veces para transportar una sola persona. ¿Van entendiendo lo que pasaba en La Molina? ¿lo que pasa ahora en Javier Prado al haber anchado la bajada de Pinerolo? Por un principio elemental de cuencas hidrográficas, si se aumenta de pronto el aforo de un afluente, el colector principal se desborda si su capacidad no aumenta. Por eso ya lograron detener por completo a la Javier Prado en hora punta. ¡Qué absurdo el entusiasmo del yupi que se jactaba de que este año entran 30 mil autos nuevos a Lima, la mayoría, sin duda, a los distritos residenciales del sur y sureste. Disfrute de su nuevo nivel de vida. Por otra parte, cuando uno sale en su auto a cualquier destino en la ciudad, lo hace convencido de que al Estado le corresponde garantizarle un sitio para estacionarse allí donde uno lo decida. ¿De dónde ha salido esa idea?? ¿Acaso transportarse uno mismo en auto es beneficioso para alguien más que el que se transporta? ¿Acaso eso es socialmente rentable? ¿Ambientalmente rentable? ¿Absolutamente rentable? Ese costo, el costo de ese espacio, su desperdicio o su carencia, debe asumirlo el usuario, no la sociedad.

Con nuestro hábito de transporte, los ciclistas no somos infractores de las reglas de tránsito. Mal podríamos serlo en un reglamento en el que prácticamente no existimos. Un reglamento que, si fuera persona, sería inimputable. En el glosario del Reglamento Nacional de Tránsito figuran términos tan surrealistas como ciclomotor pero no aparece la palabra bicicleta. Si se profundiza mucho, la encontramos en el artículo 146 (ver recuadro) que por absurdo, por penalizar el ciclismo urbano, quitándole su eficiencia, non merece ser tomado en cuenta. Felizmente existe el artículo 102 que nos franquea el paso a un buen manejo de acuerdo a las partes más racionales del reglamento. En cuanto a los demás, desde que abren la puerta levadiza de su garaje (que además viola sistemática, impunemente varias ordenanzas municipales) ya son infractores. Llenos de pretextos, pero infractores consuetudinarios al fin y al cabo, que no han sabido estar a la altura del desafío social de plantearse reglas de convivencia civilizada y cumplirlas. Que no han sabido estar a la altura de un reglamento de tránsito, como si lo están, por ejemplo, los ciudadanos de Quito y La Paz.

Por estas cinco razones, por último, los ciclistas estamos en una vanguardia, los ciclistas somos un ejemplo. Y por eso estamos más cerca de ser buenos ciudadanos que, por ejemplo, ud, señor, que no es capaz de salir de su cubículo de metal, plástico y vidrio para dejar de ser parte del problema porque está esperando que Papá gobierno -o los demás- lo solucionen.

Artículo 146º.-
Los vehículos menores sin motor, como bicicletas y triciclos, y los vehículos automotores menores, cuando circulen por una vía deben hacerlo por el carril de la derecha uno detrás de otro. Cualquiera sea su característica o tamaño, no deben circular en forma paralela en doble o más filas, ni deben adelantarse unos a otros.

Artículo 102º.-
Los conductores de vehículos menores automotores o no motorizados, tienen los derechos y obligaciones aplicables a los conductores de vehículos mayores, excepto aquellos que por su naturaleza no les son aplicables.

4. De paso por el desierto más duro del planeta. Una navegación por los contornos de Atiquipa (de cara al Sara Sara)

Octubre 2, 2008 por viajesen2ruedas

Encontré este suelto y me pareció digno de rescatarse. Debe haber sido en el 97, tenerlo en cuenta. Nunca vio la luz antes porque las pocas increíbles fotos (se me acabó la batería al segundo día) que hice las envié a una publicación que ni las publicó ni las devolvió.

Primera de lo que debió ser una serie de crónicas que narrarían la caminata solista de José Antonio Masía,s “Lucan”, desde las costas de Arequipa hasta Cusco. Lucan desistió (de publicar, no de caminar: la hizo.) pero Yuri recupera su capítulo.

Final Feliz tuvo la primera etapa de la expedición, y eso se puede decir sin temor de caer en el lugar común porque ella fue de ajetreos básicos que Lucan no había calculado o había subestimado y la anécdota, la circunstancia relativa a esta digresión ilustra un factor que, si no se sabe manejar, se convierte en un obstáculo geográfico más. Es el factor humano, del cual se dependía altamente en esta expedición, como en cualquiera. En este caso porque desde que Lucan no pretendía establecer ningún record de autosuficiencia, había proyectado apoyarse en el arrieraje local a todo lo largo de la ruta. Aunque me encargó que hiciera una descripción lo más objetiva posible -sólo describiendo lo que habíamos hecho, sin entrar en lo que él definía como aspecto humano- creí que para la comprensión cabal de lo que significa emprender una expedición así y de la importancia de esta primera etapa dentro del todo, es fundamental contar lo anecdótico y un poco la historia de la etapa además, por supuesto, de una somera descripción geográfica de la zona que, ahora veo, es estrictamente lo que él quería antes que una verdadera crónica. En todo caso, no haberlo hecho como el quería no me parece motivo como para que me quitara la palabra tantos años.

El objetivo general de la etapa era seguir el Camino Inca que comienza en la zona de Chala hasta llegar al primer pueblo de las vertientes intermedias donde relevar arriaje. Objetivos más específicos eran, entre otros, recopilación de tradición y datos orales, identificación de restos arqueológicos que prueben la existencia del Camino allí donde los factores geográficos lo hayan borrado o deteriorado, fotografía, etc.

Según esto, Lucan contaba con el apoyo de los propietarios del resort de Puerto Inka, nombre apócrifo (como sus legítimos derechos de propiedad) de la bella playita de Quebrada LaWaka que cuenta con un impresionante background de vestigios incas, de allí su nombre comercial. Parece que ellos habían prometido esperarlo para tal fecha con el arriero y los animales necesarios pero por lo visto no lo habían tomado en serio, así que aquí nos encontrábamos con todo el equipaje en medio del estacionamiento del resort listos a enfrentar el primer problema: conseguir arriaje y guía, no tanto lo segundo porque al menos la primera etapa había sido tentativamente diseñada a seguir por un camino fácilmente ubicable. El primer paso, pues, era dirigirnos a la vecina población de Atiquipa para probar los contactos que había hecho en un viaje previo.

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Entre el sur de Lambayeque y Cañete la Cordillera emite estribaciones que llegan muy cerca al mar: en el caso de Ancash y Lima, particularmente, estas estribaciones y sus contrafuertes literalmente se desploman en el mar. En Cañete, los Cerros de Quilmaná,, al norte de Cerro Azul, son las últimas estribaciones que entran al mar. A partir de allí comienza la zona de pampas y tablazos típicos del desierto iqueño sólo interrumpidos por dos ríos (Ica y Nasca) que ocasionalmente desaguan en el mar y algunas quebrada secas que constituyen los únicos oasis de de este gran desierto costero. Las estribaciones a estas alturas se encuentran entre 60 y 120 kms tierradentro. Los ocasionales cerros costeros a lo largo de esta franja de 350 km de largo, como los de Paracas, San Fernando y Marcona, corresponden a la Cordillera sumergida de la Costa (al igual que las islas del litoral, el Morro Solar, etc).

Pasando el valle del Yauca, famoso por sus olivares, ya en Arequipa, este paisaje cambia. Cortando abruptamente la extensísima playa de Tanaka con su imponente paisaje de enormes médanos apoyados en o detenidos por la oscura y distante masa andina, vuelven las estribaciones a caer en el Pacífico formando una costa rocosa y muy accidentada, casi vertical, formada por los contrafuertes andinos de hasta 1200 msnm a menos de 12 km del nivel del mar los cuales forman un pequeño sistema montañoso (un triángulo de 30×15x15kms) con sus propias cuencas, vallecitos, quebradas y terrazas que, por la particular orientación sur de esta parte de la Costa, se ven regadas por parte preferencial del anticiclón del Pacifico Sur. La suave erosión de este clima ha ondulado la forma de todo el terreno haciéndolo apto no sólo para el crecimiento de extensos bosques naturales de tara y arrayán (este último casi extinto hoy) sino para todo tipo de cultivos y, sobre todo, a extensos pastizales que en ocasiones ocupan el suelo, característicamente rojizo a cenizo del lugar, hasta la orilla del mar.

Es por eso q Las Lomas de Atiquipa, como se le conoce al lugar, distrito colindante al norte de Chala, fue ocupado desde muy antiguo hasta los Incas, que lo desarrollaron, siguiendo la herencia Wari, como importante núcleo ganadero, agrícola y comercial, así como lugar de esparcimiento en permanente contacto con el Cusco. Su aprovechamiento continuo siguió durante la colonia y hasta el día de hoy cuando el clima, cada vez menos favorable a la formación de Lomas, va convirtiendo el futuro de Atiquipa (325msnm, 300 habitantes) en la misma incertidumbre de tantos otros pueblos andinos que comparten con este singular pueblo andino costeño la escasez de agua y de juventud. El habitante típico, de ancestros predominantemente españoles, es culto y bien hablado, de dejo grave, gutural, hablando como en gorgoritos, lánguidamente orgulloso de su región. Se dedica a la ganadería, la agricultura y la minería de oro. Reclama a Puerto Inca como suyo (cosa que ciertamente es).

Este año El Niño trajo de vuelta a las lomas, los pastizales vuelven a cubrirlo todo y la quebradita de Atiquipa (Infiernillo o Yactapara) vuelve a correr con sus camarones. Y el potencial ecoturístico de la zona se maximiza. Corrales, graneros, casas, caminos, andenes en uso hasta hoy, las faldas de los cerros totalmente verdes y bosques en las cumbres. Tres excelentes playas y un balneario semi fantasma, todo un Markahuasi costero, proveen quehacer para varios días.

Es en este contexto geográfico donde esta literalmente empotrada la playita de La Waka, la cual ha sido popularizada con el nombre de Puerto Inca. Hace un indeterminado número de años, entre los 70s y 80s, se estableció en ella un francés (Herve nosécuantos) con su familia peruana, amazónica. Convencido de que el valor arqueológico y ecológico, turístico del sitio era de primera magnitud, instaló un rudimentario resort con el objeto de recibir el que esperaba fuera un creciente flujo de turistas en una playa apacible plagada de restos arqueológicos y rica fauna marina. No existía, no existe política turística. El turismo receptivo no se diversifica y languidece fuera de Cusco o la Cordillera Blanca. Herve vendió o traspasó o sabediosqué el resort a unos empresarios arequipeños que lo han mejorado bastante pero que abrigan ideas expansionistas incompatibles con el verdadero valor del sitio. Hablan de introducir motos acuáticas y cuatrimotos y otros planes de fuerte impacto ambiental, aparte que su intención evidente es restringir el acceso a la playa y obligar a los usuarios al uso de sus servicios. Esto ya ha llamado la atención de las autoridades y vecinos del distrito de Atiquipa, dentro de cuya jurisdicción se encuentra La Waka. Alegan con justa razón que la propiedad de ese resort dentro de una zona arqueológica de tal importancia es muy incierta, además de no contar con autorizacion del INC para hacer sus obras. Los atiquipeños, además, se lamentan de que a Puerto Inca, según ellos injustificado imán del lugar, se le publicite como perteneciente a Chala siendo así que pertenece a su distrito.

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Estos empresarios eran los que ofrecieron arriaje y no cumplieron. Estábamos ahí, parados frente a nuestro primer problema y factor determinante de esta etapa. En efecto, el arriaje es una actividad casi abandonada en la Costa y, si bien Atiquipa es un pueblo fundamentalmente ganadero y probablemente uno de los últimos donde subsiste, la actividad se realiza casi estrictamente con fines particulares o, a lo más, comunales. Resulta insólito que se aparezca un foráneo, más aun no interesado en las minas de oro que por allí abundan, a pedir animales para subir a la Sierra. Sin esto, la sequía que asoló 8 años a las lomas ha restringido al mínimo el que fuera el único transporte interprovincial hasta hace tan poco como los años 30.

Fuimos a Atiquipa siguiendo el gran Camino Inca que pasa por La Waka, 12 kms de un desierto alucinante realzado por la alfombra verde de matices violetas, celestes y amarillos que lo cubre este año. Como lo esperaba, los débiles contactos que Lucan consiguió en Santa Rosa, anexo de Atiquipa que se encuentra sobre la carretera (Atiquipa esta 4 km tierradentro, en medio de huertos, frutales y olivares regados por el único río de lomas del mundo, que este año corre alegre hasta el mar en la playa Jihuay, enturbiando y enriqueciendo las aguas para gusto de corvinas, chitas de pampa y lenguados), nos remitieron donde Julio Sulca, viejo conocido que en anteriores viajes me apoyó como guía y anfitrión, actualmente regidor. No lo encontramos en el pueblo, pero en la búsqueda trabamos conversación con un par de señoras de edad mediana, que por la tertulia y aspecto bien podían ser amas de casa sanborjinas, por ejemplo. De ellas extrajimos abundante información y la confirmación de un rumor que ya habíamos oído: existía otro Camino Inca que salía de un lugar indeterminado de Atiquipa, ascendía a la ciudadela de Carhuamarca y se internaba hacia el desierto.

Al día siguiente regresé al pueblo en bici (el camino de La Waka a Atiquipa es uno de los que hacen del sitio un paraíso del ciclomontañismo) y encontré a Sulca , quien me confirmó la existencia del tal camino, que el mismo había descubierto. Me dijo que comenzaba en Agua Salada, otro anexo del distrito, y, que ascendiendo a Cusihuaman (otra ciudadela en una cumbre de idéntica altitud a Carhuamarca) pasaba por Carhuamarca y de allí se internaba hacia La Flor del Desierto para llegar a Malco, pueblo de ganaderos ya dentro del departamento de Ayacucho. Habló de tambos, escaleras y restos a todo lo largo de esta ruta que evidenciaban su importancia. En cuanto al arriaje, estaba un poco difícil, sobre todo tan pronto como lo necesitábamos, pero de todos modos pondría a nuestra disposición un caballo y una bestia (mula).

-¿Seguro que tu pata va a poder caminar?
-Eso quiere.
-Mejor que monte, mucho tiempo.
-Ni hablar, quiere caminar.

Como arriero y guía, nos aseguró que su hijo Julito (30 años) conocía casi tanto como él la zona. En todo caso, ya sea que decidiéramos ir por el camino que habíamos pensado originalmente o por el que él nos proponía, la expedición partiría de Atiquipa y no de Puerto Inca, como debía ser y como siempre había sido dado que ese era el verdadero centro del sitio.

Así que fui donde Lucan y discutimos lo que haríamos. Si bien el plan original era entrar por el camino ya mencionado de la Quebrada Honda de Chala, la existencia de una carretera de penetración que borraba gran parte del antiguo camino nos desanimaba de ir por allí. Por lo demás, esa ruta nos costaría uno o dos días más de viaje, aparte de tener que esperar a las bestias sentados donde estábamos si es que Sulca atracaba recogernos en LaWaka, vuelta inútil, realmente y, como Lucan estaba impaciente por partir, prefería que nos moviéramos nosotros. En cuanto al nuevo Camino, no habían registros oficiales de su existencia y siempre resulta seductora la gloria de ser los primeros (y probablemente los últimos) occidentales en consignarlo.

En cuanto a mí, si me había animado a acompañar a Lucan en su primera etapa era porque el Camino Real, que el mapa presentaba como un camino de herradura de moderada pendiente, aparentaba ser bastante ciclable y se veía que fácilmente lo ascendido en dos o tres días (2500-2800msnm) se podría descender en menos de uno. Con las novedades y el seductor nombre de Flor del Desierto, la aventura llamaba hacia una zona del mapa que no mostraba ningún camino y aunque Sulca me aseguró que iría ciclando todo el tiempo salvo dos o tres tramos cortos, la topografía visible en la carta y las visiones que, desde Carhuamarca había tenido antes, de los cerros que se alzan a su espalda, me adelantaban que al presionar por esa ruta me estaba buscando serios problemas.

El único apoyo, circunstancial, que nos dio el lodge consistió en transportar el equipo hasta Atiquipa. Allí nos entrevistamos con Sulca Sr. y Sulca Jr. Este último no parecía nada convencido de ir, pero alguna inconfesada presión paterna lo coactaba, o sea que tenía que atracar no más. El padre quiso que negociáramos precio y condiciones en el acto en su presencia y así fue: S/.60 por los supuestos dos días de la travesía del desierto y, aunque no se pudiera decir que nuestro arriero estuviera feliz, partió de inmediato a arreglar las bestias después de asegurarse de que Lucan realmente quería caminarlo todo.

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Naturalmente, salir a las 5 am, como habíamos planeado, no pasó de buena intención y, cuando a las 0630 cargábamos las bestias quedó claro que no se podría cargar todo el equipaje en una sola mula. No para la travesía del desierto al menos. Sulca Sr. ofreció mandar desde Chala, por encomienda, en el carro que sube una vez por semana a Malco, los 2/3 de la carga. En el tercio restante, con mucho apuro, Lucan acomodó lo que creyó necesitar para esta etapa, siempre subestimada.

Así que salimos protegidos por la neblina de las lomas. Al principio, a pesar de que estaba algo lodoso, la ciclada, como la caminata, fueron muy agradables. El verde, los aromas, los paisajes hacían que, aún cuando empecé a portear la bici -el barro se ponía difícil a medida que ascendíamos- todo no pasara de un agradable paseo. Aunque Lucan quería conocer Carhuamarca, rodeamos la cumbre porque nos cambiaría el itinerario por un día. Por otro lado, resultaba difícil decir si el camino que estábamos usando sería más o menos importante que los otros. Es fácil imaginarse al Inca y su séquito internándose por el bello y fresco paisaje de Lomas antes de despedirse de la Costa. Pero ¿sería lo más práctico? Por allí cargamos la última agua que veríamos en dos días y al poco rato me tocó un tramo descendente a plano en el que me adelanté bastante, hasta el límite de la neblina donde de pronto tuvimos nuestra primera visión del desierto. Después de las onduladas colinas de las lomas teníamos que descender a un huaico muy pedregoso. ¿Por qué no se seguía la línea de cumbres como parece lógico? No parecen muy escarpadas. Es más, para este piso de yungas parecían bastante menos accidentadas que las estribaciones de la Costa Central y Norte. Julio me aseguró que era imposible caminar por allí. Efectivamente, cuando ascendíamos más tarde por la única huella en kms a la redonda era notorio que los cerros estaban totalmente cubiertos por rocas de vario tamaño que, si no fuera porque no había modo de que hubieran rodado hasta allí, se hubieran dicho cantos rodados. Por lo demás nunca, a pesar de mis frecuentes incursiones a los desiertos del Perú había visto algo tan absolutamente desprovisto de vida. Algunos tramos del tal huaico, que resultó ser la quebrada Flor del Desierto (sólo preludio a la flor de desierto que nos esperaba arriba) eran ciclables pero, en general, me la pasé porteando por el fondo del huaico hasta que, a la caída del sol, apareció una subidita de burro que salvaba los últimos 100 m -verticales- hasta las cumbres aplanadas donde se originaba la quebrada. Gracias a mi carga coroné cuando ellos, ya adelantados, habían desaparecido de la vista. La siguiente media hora fue una surreal pedaleada siguiendo una huella casi invisible por unas mesetas que parecían ser iguales por todas partes. Con las últimas luces del crepúsculo resultaba tentador creerse el último ser viviente de la tierra, cosa que en cierto modo era. Ya cerrada la noche me encontré de golpe con ellos. Todas las estrellas del Universo guardaron nuestro sueño de cara al cielo.

Mucho antes de las 5 am ya era de día. Realmente La Flor del Desierto hace honor a su nombre y no por haber ni una flor en ese desierto. Todo a nuestro alrededor era esta llanura rojiza y ceniza donde la levedad del aire y el color del cielo anunciaban un sol inclemente desde muy temprano. Echamos a andar antes de ver el sol. Al principio esta zona, donde se originan todos los huaicos como el que acabábamos de subir, esta formada por colinas onduladas. Mientras avanzábamos hacia el norte, al interior, estas se van, si no escarpando, al menos empedrando y elevando cada vez más hasta que, al cabo de unos 20 km, esta franja totalmente desértica va dando paso a otra más plana, divisoria de aguas entre los ríos Chala o Cháparra y el Yauca, mas arenosa y con las primeras cactáceas (olvido mencionar uno que otro cacto “tinaja” que aparecía de vez en cuando en el huaico) que poco a poco va mostrando algunos arbustos que en esta época del año están casi secos. En el límite entre estas dos zonas de vida encontramos los restos del gran tambo y del mentado Camino Inca, que enfila en línea recta a través de estas elevadas pampas erizadas de cactus columnares y hacia unos cerros negros que se elevan en el lejanísimo, aparentemente inalcanzable horizonte y que parecen tan áridos como los que acabamos de dejar atrás. Desde esta elevación todo el Universo parece idéntico, de una aridez y desolación brutales y, después de dos días, la Cordillera parece tan lejana como siempre. Escojo dos de estos cerros, de forma característica, para fijar el E. Si hubiera sabido que ellos eran nuestro destino, tal vez habría abortado ahí mismo y me hubiera dirigido allí donde pudiera interceptar el carro que una apenas perceptible estela móvil de polvo en medio del infinito sugería. Y es que a estas alturas resultaba claro que mi aventura en cleta se estaba excediendo. Me internaba cada vez más en un desierto sinfín que aparentaba no tener fácil salida ni vuelta atrás. Probablemente el regreso me consumiría más tiempo y fuerzas de las que disponía. En fin, esa locura de regresar solo era uno de los primeros pensamientos con que el sol del desierto, ya letal a las 10 am comienza a martillar el cerebro antes de perderte. Decía que aquí recién vimos los primeros indicios a pesar de que nos habían ofrecido marchar prácticamente desde el inicio por el Camino Inca. Se trataba de un gran tambo, derruido, en cuadrado de unos 80 m de lado con muros de piedra de 1.5 m de altura hoy totalmente en el suelo. De él arranca, por una pampa pedregosa, límite entre el desierto absoluto y la zona de cactáceas, un camino limpio de piedras de unos 5 m de ancho que a los 500 m se perdía bajo arenas arrastradas por lluvias más o menos antiguas (no mayores de un año las más recientes, a juzgar por la consistencia de la superficie). Cuando en Atiquita inquiríamos sobre caminos y nos decían que los encontraban, así sin más, en medio del desierto y luego los volvían a perder, siempre preguntábamos que por qué no los seguían para ver de dónde venían y a dónde iban, las respuestas no eran muy precisas y recién ahora que lo tenía al frente recién lo comprendía: de este lugar se quiere huir, no investigar ni ver que hay más allá. Aquí nos dimos cuenta de que el nivel de detalle que Lucan pretendía en su exploración era excesivo. Para seguir el camino en su totalidad hay que organizar una serie de exploraciones en diferentes regiones que un viaje como este recién te permitía esbozar. Si se quieren investigar los restos de Flor del Desierto hay que organizar una expedición de varios días con logística especializada con la que no contábamos ahora, solo de pasada.

Cuando vi este paisaje ya habían transcurrido las tres horas que, según Julio, faltaban para la primera aguada y era evidente que faltaban varias más. A estas alturas nuestro guía se había vuelto incomunicativo y aún a su paso montado se hacía duro el camino. El terreno era apropiado para bici y yo podía adelantar siguiendo la casi invisible huella pero no podía ariesgarme lejos del agua que cargaba la mula. Así que avanzaba despacio para no perderlo de vista hasta que en una distracción fisiológica el pata se adelantó y siguió adelante sin esperar. Según todos los indicios ese era el inicio de una rebelión y Lucan ni siquiera aparecía en el camino. Felizmente, la huella de la bici era inconfundible en este desierto así que era difícil que se pierda. Así que a partir de ahí hice de enlace entre el guía y él. Al internarnos en la región de las cactáceas ya seguíamos casi siempre el Camino Inca, que aquí esta flanqueado por grandes bloques de granito a veces formando bellas columnas. Cuando es así se nota claramente; cuando no, la semejanza con el resto del paisaje lo convierte en un laberinto inquietante agravado por la desaparición de nuestro arriero. Todos los desiertos que conocíamos están a baja altitud, aunque sea una ligera bruma invisible atenúa el efecto de los rayos solares. A 2500 msnm prácticamente no hay atmósfera y el sol es un enemigo mortal. Antes de que te des cuenta produce alucinaciones, fatiga, mal humor. A pesar de eso disfrutamos del alucinante paisaje. En este contexto se produjo el conato de motín de nuestro guía quien, al acabarse el agua a las cuatro y media horas de camino, vital también para los animales, no hay que olvidarlo, se nos perdió en busca de la aguada que nunca llegaba. Recién a las tres de la tarde llegamos al oasis, insospechada grieta naciente del río Chala que se encontraba escondida a unos cientos de metros de la carretera que una hora antes habíamos encontrado. Carretera es un decir. Estaba el trazo pero ni siquiera las huellas del carro que unas horas antes creí adivinar. Allí, en la aguada, bajo los frondosos molles retorcidos, Julito nos contó que él nunca quiso venir y que su padre lo había enyucado en este pésimo negocio pues, como era notorio, fácilmente se podían perder los animales, ni siquiera habíamos llegado y ¡aún faltaba el regreso! La presencia de una carretera aquí no significa nada. Igual sólo pasa un carro una vez a la semana. Es fácil perder la huella con un pequeñísimo ángulo de desviación y, en este desierto que tan estrecho se ve desde el aire o el mapa, las 30 horas que el hombre puede sobrevivir sin agua pasan demasiado rápido.

A las 5 terminamos nuestro descanso y almuerzo de sopa y limonada reforzada con algunas larvas y muchas algas. Había que escalar 80 m para salir de la grieta o quebrada y después acompañé a Lucan un tramo donde el Camino Inca coincidía o iba paralelo a la carretera. Luego decidí adelantarme hacia los cerros del horizonte, que ya se veían alcanzables y donde se suponía Malco, nuestro destino. Estiré los minutos, gloriosos. 25 kms de una carretera alucinantemente ciclable: primero se desciende unos 150 m a una gran quebrada que por fin corta el desierto, cuenca de recepción intermedia, por la izquierda, del río Yauca, que evidenciaba el fin de las planicies y del desierto. Matorrales vivos cada vez más espesos dejaban ver molles, lloques y otras arbóreas andinas, algunas endémicas. En el punto más bajo, otro lugar alucinante llamado Secseca, que alcancé con las últimas luces, incluso presencia humana y olor de agua. Seguí de largo, saliendo de esta cuenca a un terreno indiscutiblemente andino, un par de horas a oscuras y, al llegar a Malco, me encontré en la siempre temida situación de estar sin abrigo a 2800 msnm y con todas las puertas del pueblo cerradas. Recién 3 horas después llegaron Lucan y Julito y nos acostamos en un corral.

Malco está al pie de esos cerros negros que ocupaban el horizonte y que parecían de roca sólida a la distancia. De hecho, el color se debe a la vegetación que los cubre, predominantemente seca en esta época del año, que sirve de refugio y alimento al venado, al guanaco, al puma y al resto de la fauna andina de este piso, que en esta región debe presentar zonas de vida (como Secseca) no registradas para el Perú. El paisaje global recuerda en algo al desierto de Sonora en Arizona y el trabajo de andenería confirma que, cuando llueve, el agua corre bien. El invierno y la primavera andina en este lugar deben ser dignos de apreciarse. El pueblo, entre 60 y 80 casas de piedra y adobe, aún conserva sus techos de paja y está en las faldas de su Apu labrado en la parte inferior por andenería sin uso por la sequía. Cuando le pregunté a un notable del lugar cuándo había pasado el último turista por aquí, me miró con lástima de mi ingenuidad y me contestó: “aquí nunca ha pasado ningún turista”. De hecho, los únicos visitantes, aparte de nos, eran dos mineros, uno de Atiquipa y otro de Arequipa, que se encontraban en plena juerga de fin de semana (era sábado) quienes, pese a su resistencia inicial, pronto captaron a Julito, que se reventó todo el billete del arriaje en trago. La última vez que lo vi, en plena huasca el domingo por la tarde, no sabía que iba a hacer con los animales, incapaces de dar un paso más, y me pidió que no le dijera nada de él a su viejo, que lo había metido en “este castigo de Dios, por qué, por qué, por qué…”

Para colmo no había llegado la encomienda con el equipaje y probablemente no llegara nada antes del martes. Esta carretera es alternativa para llegar a Cora Cora, capital de provincia ayacuchana. Por eso hay una agencia, pertinentemente llamada “El Lunar”, que hace el viaje una a dos veces a la semana desde Chala. A ellos se había encargado el bulto. Desde aquí solo se comunica la gente por radio, con las dificultades habituales que ello implica. Por eso, la estancia en el pueblo, aunque relajada, estuvo matizada por la inquietud por el equipaje y, aunque yo confiaba en Sulca, Lucan creía entender, de las conversaciones por radio, que estaba perdido. Sucedía lo contrario: Sulca lo dejó en la agencia puntualmente y desde entonces se convirtió en responsabilidad de Malco el hacer que llegue a destino.

Después de un día de descanso, bien papeado e hidratado (la bodega-restaurante de don Pedro, bien provista e incomparablemente sazonada fue nuestro refugio permanente) fui de paseo al lindo poblado de Pullo para en sus inmediaciones grabarme la inigual vista del Apu SaraSara con la mágica Parinacochas a sus pies. Al día siguiente me levanté a las 3 am para emprender el regreso, que prometía ser duro, sobre todo por la subida inicial (el que fue descenso de 150 m a Secseca) esta vez con todo mi equipaje (8 kgs). Una Coca Cola mediolitro, dos botellas de agua, 1 litro de Frugos de durazno, pasas, galletas, me daban la confianza para derrotar al implacable sol del desierto. A las 5 am, saliendo del pueblo, un hombre con uniforme de trabajo de la carretera se me acerca y me informa que ya llegó el equipaje, él lo tiene, y me exonera del insufrible encargo de hacerle el seguimiento en Chala. Final Feliz. El regreso fue agradabilísimo, mucho más suave de lo que esperaba. Memorable el paseo en bici por la carretera del desierto que seguía, sin afectarlo, el Camino Inca, el Real, obviamente, el del proyecto original que atravesaba el desierto por un lugar más practicable y directo, la ingeniería todavía apreciable en las murallas de adobe que aún lo flanquean y en los numerosos tambos y atalayas. Cuando las planicies se desploman penetra al cañón de la Quebrada Honda y al abrirse esta en las lomas se goza del azul entre azules mar de Chala. Llegué a las 1100. Más mar azul, baño helado hasta las 1300 en el mar más impoluto del mundo, la vida. El cebiche más fresco del mundo, mixto, parihuela y cabrilla frita. Negrarequipeñalpolo. Cruz del Sur a Lima en la puerta del restaurante. Naturalmente, los motivos que me traían de urgencia a Lima se relajaron y nunca dejo de arrepentirme de haber regresado tan pronto.

Lucan la hizo hasta el Cusco en cerca de un mes. Lo que hizo, lo que vio, nunca se supo fuera de un reducido grupo de íntimos. Celebró una semana y sindica a un compañero de juerga como espía de El Caminante y de haberle sustraído, en plena diversión, las notas y las fotos para su libro, que nunca vio la luz.