Para abrir la primavera andina 2009, a la altura de la circunstancia, este domingo celebramos los himeneos del Camino de Santana. Mi amigo Tolmos me había anunciado su regreso luego de un año en México, Querétaro, donde no había dejado de pedalear y había caído tan bien en la comunidad cletera local que incluso está dejando escuela. Con tal motivo, me dijo que le “organizara” un “buen paseo”. Como “buen paseo” se puede definir esta bajadita que había chequeado hace algunos años y que al comienzo de este invierno andino había trekkeado para comprobar su ciclabilidad. Tardé desde Lahuaytambo y con mochila de 20 kilos, 7 horas, incluidos descansos y su ‘ciclabilidad’ fue aprobada al 100%. En ese momento se convirtió en primera prioridad para este año.

Como quien no quiere la cosa, en las últimas trepadas sabatinas al “Chiri” le estuve pasando la voz a la gentita de siempre para hacerla en mancha pero, previsiblemente, la propuesta fue amablemente ignorada, de modo que le pasé la voz a Alonso, siempre dispuesto a poner su mionca y su cuerpo para esta clase de novedades, y a Roda, con quien me había comprometido a pasarle la voz después de escuchar mi descripción del sitio. Pido la comprensión de todos los que se pudieran haber picado pero ya no había sitio y no se pudo conseguir otra nave. Pero me he quedado corto de fotos, así que vao!
Ni bien bajó la primera agua clara en el Lurín, la hicimos. A pesar de ser tan pocos, o tal vez por eso mismo, el relajo cundió desde el principio, así que recién después de las seis estuvimos en Pachacámac, por Roda y don Ucedita, para que nos maneje. La ruta del valle fue algo amodorrante y, a pesar de la interminable pero siempre amena cháchara de Roda, se hizo largo. Ya poco después de Sisicaya los cerros exhibían el bozo verde florido que acusa la intensa temporada de lluvias pasada. Luego de la primera serie de desarrollos, todas las quebradas corriendo, la cascada de Matarachi en todo su esplendor y el verde lujuriante de la vegetación que todo lo cubre hablan de la abundancia de agua que nos deja el invierno.

En Lahuaytambo, que luce su encanto de siempre realzado por el nuevo empedrado de sus calles estuvimos a las 11 y pico. En la entrada al caminito, a las 12. Demasiado tarde para lo que suelen empezar estos paseos y más tratándose de una ruta nueva. La ruta empieza, típicamente, en un camino ancho, invadido por pasto pisado por ganado, empircado a los dos lados que, también típicamente, se encuentra inundado. Pasamos el barro más o menos rápido pero luego de esta sección inicial el agua sigue corriendo a lo largo de los primeros 200 m del camino, que cruzada la primera quebrada empieza a faldear, se estrecha sin llegar a ser estrecho y muestra la característica general del camino y que será constante desde ahora: podrían llamarse escalones, pero la pendiente general es insuficiente para caracterizarlos como tales, así que lo llamaremos un adoquinado difuso y casi continuo, de densidad, forma y tamaño de adoquines variable (de 20 a 60cm de diámetro o lado).
A partir de aquí, y a lo largo de todo el recorrido, el ancho del camino varía entre 1,5 m en los faldeos y hasta unos 3 m en pampas y desarrollos. El agua que corre entre los adoquines de este faldeo inicial, haciéndolos resbalosos, dificulta esta primera sección, que aún sin agua, ya se ve algo complicada. En efecto, al entrar, un poco atrasado a esa sección, veo que la torpeza que me cunde no sólo se debe a la desaclimatación de la altura y la rudeza de los caminos serranos, sino a que estos adoquines son realmente complicados. Ante la duda, Tolmos, que me esperaba un poco más allá, me confirma que el camino es realmente madrugador al punto que sus pulsaciones en esos primeros minutos, a pesar de ir totalmente en descenso, correspondían a un cabal ascenso. La razón, sin duda, estaba en la dificultad del adoquinado, que aún de bajada exigen completos cuerpo y mente. Reemprendimos lo que aparentaba ser el fin de las dificultades hasta encontrarnos en la primera quebrada con alonso y roda que nos reconfirmaron la dureza de esa primera sección.

Fue bueno que lo fuera tanto porque a continuación comprobamos que era inmejorable introducción al resto del camino. A partir de allí el adoquinado continuaba más fácil para de allí, en ideal progresión, incrementar la dificultad técnica poco a poco hasta alcanzar y luego superar el tramo inicial. Lo alucinante, lo atractivo de esto, es que uno se acostumbra a esta progresión de manera que cuadra a cuadra, la valla de la imposibilidad de los adoquines convertidos en escalones se va elevando y en lo que diez cuadras antes uno arrugaba viéndolo imposible, ahora lo pasas, no como si nada, pero cada vez más acostumbrado a encontrar la línea en el rompecabezas de adoquines hasta encontrar otra nueva valla que, de nuevo, unas cuadras más adelante, se superará con fluidez. Es así como la progresión del nivel técnico del camino va imponiendo el ritmo, que por la exigencia de hombres y cletas pide descansos más frecuentes.
La multiplicidad de líneas posibles hace de la combinatoria final de las mismas un juego apasionante. Cada uno, de acuerdo a su propia experiencia y estilo va haciendo su propia línea inmediata que se va tejiendo en líneas más largas cuya corrección determina el resultado final de los complicados problemas que periódicamente llegan, configurando las mayores joyas de Santana: los switchbacks escalonados. Ante el fracaso o el éxito en la solución de estos problemas queda claro que el resultado depende mucho de haber tomado una línea correcta hasta 50 o más metros antes. Pero esto es una adivinanza, ya que es imposible desconcentrarse de la sección presente para observar la línea inmediata, así que se va improvisando. En muchos casos, las secciones eran completadas por sólo uno, o dos, o tres de nosotros, de manera que, aún en el dream team que configurábamos, ninguno pasó la prueba completa y tuvo que apearse, más o menos aparatosamente, donde uno o más de los demás la hizo. Así, cuidadosamente, sección por sección de no más de 300 m fuimos tejiendo, completa, la épica bajadita de Santana hasta su agotada culminación en el mismo río Lurín, todfos los músculos y huesos del cuerpo placenteramente adoloridos. En estas condiciones, los 12 kms de montada por carretera hasta Cruz de Laya y Antioquia son un agradable relax luego de la misión cumplida.
La ruta, descenso total con un solo repecho de un par de cuadras consiste en dos faldeos conectados por tres series interminables de esos switchbacks escalonados. La última sección, yapa y culminación de esta bajada cuando ya hace rato que estás pidiendo chepa, consiste en un hermoso conjunto de escaleras “en espiral” que en menos de 1 km salva los últimos 200 metros hasta el río, donde se han descendido 1200 m (de 3300 a 2100 msnm) en alrededor de 9 kilómetros (14% de pendiente) salvados en hora y cuarto de montado neto (3 y media de tiempo total). Aunque Roda lo clasificó como un IV (en la clasificación internacional análoga para río de 6 clases donde clase VI es impracticable) yo, modestamente, le daría clase VI. En todo caso, el caminito de Santana no es apto para nada menos que muy expertos en excelentes condiciones físicas y con exclusivos gustos. Además, me atrevo a afirmar que es la ruta, 100% ciclable, más técnica que se haya hecho hasta hoy en Perú. En cuanto al camino en sí mismo, que nos lleva desde la bellísima campiña Lahuaytambina con el magnífico apu Cinco Cerros siempre presente y en el descenso se va metiendo al espectacular cañón de San Damián, las dichas escaleras en espiral parecen confirmar lo que el monumental adoquinado previo sugiere: que estamos ante otro importante segmento del Qapaq Ñan y que por sus dimensiones y características arquitectónicas bien podría ser la sección perdida entre Antioquia y Chancuya hacia Huarochirí y Jauja. A ver expertos, investiguen. Qué tal ruta, Santana.
Mas fotos en:
http://picasaweb.google.es/aputrails/Santana?authkey=Gv1sRgCP2biPXNyuS85QE#
Abril 12, 2009 a las 11:41 am
Re good…………
Abril 22, 2009 a las 4:12 am
Si es el que pienso que sale a Laya, es un paraiso para el downhill.