Cuando a principios de la década pasada, gracias a una mezcla de azar y de correcta interpretación de cartas descubrimos y establecimos las rutas “de Olleros”, se especuló mucho -y hasta ahora se hace- sobre la probabilidad de que existieran docenas de rutas análogas a todo lo largo de la Vertiente del Pacífico, siendo el sentido común creer que así era. Sin embargo, un análisis más detenido de nuestra geografía nos demuestra que esas joyas son más bien escasas y que es muy poco probable que existan ese tipo de bajadas de la Cordillera a la Costa y con condiciones tales que permitan su ciclabilidad fuera de los departamentos de Lima y Ancash, donde los Andes caen virtualmente a pico al mar y las cabeceras son de acceso relativamente fácil.
Desde esos años inferimos en base a los mapas de 1:100000 que por lo pronto dos regiones en los alrededores de Lima presentaban rutas comparables a Olleros: una de ellas eran los interfluvios intermedios de Chillón y Chancay, específicamente en la zona de Huamantanga y otra era la de las cabeceras del río Omas, uno de cuyos principales afluentes nace en las alturas del distrito de Tauripampa, Yauyos. A las rutas de Huamantanga, de muy fácil acceso, hicimos una primera aproximación en el año 95 y se culminó con éxito su establecimiento el año siguiente, cuando bajamos de las bellísimas campiñas por la ruta que usa la peregrinación del Señor de Huamantanga.
Tauripampa fue otro cantar. Aunque con los muchachos del High Flight Cycling Club le creamos una aureola legendaria en una época de intensos descubrimientos que incluyeron, entre otros sucesos menores, el establecimiento de la ciclabilidad del Bosque de Zárate y culminó con la Ruta del Pariakaka, Tauripampa (Yauyos, 3574 msnm), se mantuvo hasta ahora en el secreto o a lo más dentro de la categoría de lo pintoresco debido a su difícil acceso: en efecto, un ramal de la carretera de penetración de Omas te deja 1500 m debajo del pueblo: desde allí, a cargar tu bicicleta si te atreves la tremenda pared que te separa del hasta entonces dudoso éxito. Eso, la pared y la duda mantuvieron a Tauripampa en el incógnito.
Sin embargo, la visitamos. En la época antes mencionada, no recuerdo exactamente cuándo, la curiosidad espoleó nuestra voluntad y subimos personalmente Pepe Colareta y un servidor a investigar. Solo íbamos a preguntar por la ruta inferida, sin embargo, porque estudiando las cartas nos sedujo más intentar la conexión con Ayauca, en la cuenca intermedia del río Cañete. En realidad, una forzada e incorrecta similicadencia me había hecho confundir Ayauca con Huancaya, que de hecho se encuentra lejísimos y hacía tiempo quería visitar en bici, induciéndonos a emprender esa ruta, que a pesar del error y de ser escasamente ciclable, nos reveló, guiados por el profesor Dionisio, el concentrado potencial ecológico y turístico del hinterland. Porque desde que salimos de las altas quechuas de Tauripampa conocimos, por el aroma, de su tremenda diversidad de hierbas medicinales mientras subíamos a la Suni ocupada por extensos y densos queñuales, tal vez los mayores de Lima (habría que comparar con los de Carhuapampa en la ruta del Pariakaka, y con los del Alto Sta Eulalia), que forman un collar alrededor de esta Punita, que, a pesar de los furtivos de aspecto marcial que a veces incursionan , alberga la mayor población de vicuñas de Lima (y segunda en el Perú , después de Pampa Galeras), testigos antiguos de cuántos alucinantes crepúsculos sobre el Pacífico, visible desde allí muy por encima de donde se espera el horizonte. Esa vez aportamos a la Apachecta del “Camino Paisano”, que recorre toda la divisoria entre Mala y Cañete, desde Cerro Azul hasta el Apu Llongote, que desde aquí parece una columna de hielo, el Nevado más próximo al mar en todo el Perú. De allí conecta el camino con Huancayo y Tarma. De las nieves del Llongote nace el río Ayauca, cuyas truchas saboreamos esa noche después de descender de la Suni de Moruco, rincón de singular belleza donde el granito megalítico realza la enigmática sombra de los queñuales. Pero esa ruta, en todo caso, conforma un excelente trekking. Esa vez, al pie de la Apachecta, por fin al profe Dionisio lo obligamos a admitir que tal vez, una de las bajadas a Cañete o a Quilmaná efectivamente fuera demencialmente ciclable por alguna especie de masoquistas o suicidas.
Guardé el dato de Dionisio durante los últimos años esperando que la novelería por los últimos y más convencionales descubrimientos se desvaneciera. Los guardé hasta que se presentara la oportunidad y la compañía adecuada, pero hay tanto que hacer de nuevo que éstas se veían muy esquivas. Pero era también que la memoria convertida en instinto me disuade de emprender un ciclotrekking que los recuerdos no me presentaban como tan bravo, pero ese instinto simplemente cumplía su función y simplemente no iba. O sino porque convencer a la gente de ir a un sito nuevo siempre ha sido labor de gota que horada la piedra.
A pesar de todo este discurso cicloexistencial, no fui yo el que tomó la iniciativa para la expedición definitiva. Autoexiliado en el Norte Grande, dejé en manos de PeruBike el proyecto, que se vio favorecido por el hecho de que la familia de César había adquirido una chacra cerca de Omas. El convertirse en un local de la zona le llamó la atención sobre el lugar y hasta en dos ocasiones planeó expediciones que por uno u otro motivo no cuajaron.
Intentar dominar o siquiera controlar el durísimo Bosque Seco del NO en bicicleta fue una tarea que había dejado su secuela física y mental en mi persona; además, recién llegaba de Máncora a reaclimatarme a la velocidad y al modo citadinos. Por eso, cuando al día siguiente de llegar me dicen para ir, me niego de plano; además, previendo algo así, había dejado todo mi equipo con mi mudanza, que llegaba una semana después. Nunca se conoce uno lo suficiente ni cómo el bichito ese te domina y te obliga a ir como siempre prometiste que nunca irías: subequipado y encima con todo prestado. En eso pensaba ya de entrada en Omas mientras calculaba el peso de la mano de finísimos “maleños” de la isla y los dos contundentes (excelentes) tamales que compramos en Esquina de Asia, único peso que se aliviaría del equipaje durante el duro ciclotrekking que nos esperaba.
Esquina de Omas se llama el recodo donde la Quebrada Guayabo aporta por el E al río de Omas, que corre de NE a SE. De aquí arranca la repartición que acerca a Tauripampa. Los cerca de 20 kms de trocha, aunque de pronunciada pendiente, se hacen fáciles por lo variado del terreno y la particular geografía. En efecto, si el valle de Omas puede decirse rico y la vegetación en esta época del año (principios de abril) se puede decir lujuriante, la peculiar orientación de la quebrada Guayabo -que nos remite de frente al bosque de Zárate o la zona de Rupac- condiciona un conjunto de microclimas en toda la cuenquita que determinan su alto valor ecológico. En cristiano, esto significa que el paisaje es lindo y singular desde aquí como lo fue por el resto del viaje. De este vallecito, además de la rica y variada producción frutícola, se rescatan para el turismo convencional varios agradables lugares de pic-nic o de camping junto a un alegre arroyo de aguas cristalinas, algunas interesantes rutas de caminatas y los restos llamados “Pueblo Viejo”, aparentemente incas, bastante bien conservados y susceptibles de ser mejorados, en el límite entre el valle y una zona de vida muy poblada de grandes cactáceas y otras suculentas y espinosas que nos hace recordar el clásico desierto de Sonora (el del Gran Chaparral y muchas películas de vaqueros).
De mi anterior incursión sabía que la siguiente quebrada a Pueblo Viejo, en el lugar llamado Campamento estaba la entrada “correcta” para subir a Tauripampa. Aquella previa vez seguimos el camino que subía gradual pero implacablemente por la quebrada principal, pero todos nos dijeron que el mejor para nuestros fines era el de Campamento, el más usado entonces, que sube abruptamente por lo que en la práctica viene a ser una pared y luego enfila por las cumbres del contrafuerte hasta empalmar el corte de la carretera en proyecto que llega al pueblo. Y ya que insistíamos, bueno, hasta es posible que sea ciclable. El hecho es que al entrar esta vez por Campamento y preguntarle a la primera pastora que apareció, esta me aseguró que por ahí no era, observando con la habitual sorpresa nuestras máquinas. Yo no podía entender cuál era la confusión, pero por las dudas retomamos la carretera y un poco más allá nos dijeron que habían dos alternativas: el camino de la quebrada estaba rehabilitado y ahora era el más usado; pero si queríamos conocer el otro camino, podíamos tomarlo allí mismo, subiendo a campo traviesa por el cerro, donde cruzaríamos más arriba una de varias huellas de pastores que luego se unían al camino real. ¿Cuántas horas? …3…5…era imprecisa la respuesta; en todo caso, bien andado llegaríamos a Tauripampa al anochecer. Y ¿habrá alguien a quien preguntarle en el camino? Sí; hay varios ganaderos con “crías” arriba. Si ven bien allí, decían señalando a un punto a unos 500 metros casi directamente encima de nuestras cabezas, están sus campamentos. Ya nos habíamos mentalizado para una dura trepada, así que sin esperar disuasivos pusimos cuerpos a la obra de inmediato, a eso de las 2 y media de la tarde.
Nunca se sabe, en estos casos, adonde se va el tiempo. Lo cierto es que después de tres horas de escalar, arrastrarnos y, en algún adrenalínico instante, pedalear, habíamos llegado adonde los ganaderos, donde nos dimos con la esperada sorpresa de verificar que nuestras ingenuas estimaciones de que sus campamentos estarían a lo más a un cuarto de camino (mejor dicho, de trepada) de la cumbre, estaban de más: Pampa Larga, el estrecho descanso en la pendiente que tenía todo de larga pero nada de pampa, se encontraba recién completando el primer tercio de del cerro; de allí, todavía faltaba un número indeterminado de kms por el corte de carretera hasta el pueblo. A poco para las 6, sabíamos que no llegaríamos antes de la medianoche y, franco franco, el cuerpo ya no daba, así que allí nos quedamos…
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Las Cordilleras de Yauyos presentan la particular caracterìstica de ser no un segmento de cadena como en el resto de los Andes Occidentales, sino más bien un macizo que visto desde el aire puede compararse con una península donde las cuencas de Mala y Cañete y el llano costero vienen a ser como el mar y el istmo correspondería al estrecho contrafuerte, un cuello, destacado por la Cordillera Central en dirección SE-NW y que al acercarse a la Costa se eleva formando las Cordilleras Nevadas de Picchahuacra y Llongote, esta última la más cercana al litoral en todo el Perú. Llongote, Apu mayor de Yauyos, a su vez, proyecta lo que podríamos describir como un espolón de puna hacia la costa, divisoria entre las cuencas de Omas y Cañete, el borde del cual, antes de ramificarse y precipitarse al mar, se encuentra cubierto por una ceja o, mejor, un collar de bosques de qeñual. Al pie de uno de estos bosques, abrigada entre dos de estas ramificaciones (al NO) se encuentra Tauripampa (3574 msnm). El pueblo, capital del distrito del mismo nombre, fue fundado en 1821 y sus primeros habitantes provinieron de una serie de villas coloniales que bordean las quechuas que nos ocupan como otros tantos miradores al mar y cuyos restos son visibles aún hoy en la misma cota de Tauripampa aproximadamente. La región fue ocupada antes por los aguerridos Yauyos, que han dejado una serie de restos de regular importancia. La ausencia de restos Incas y de la lengua quechua indican que no fue conquistada aunque los restos de fortalezas que predominan entre la arquitectura nativa sugieren que tanto sus excelentes tierras de pastoreo como la completa variedad de pisos cultivables fueron más que codiciadas por los cusqueños, que seguramente prefirieron afianzar otras conquistas antes de emprender la dudosa aventura de vencer a los indómitos lugareños. De las tradiciones locales, la más recurrente refiere el paso de La Serna por la región. Vívidamente nos refirió el profesor Bernabé los fallidos intentos del ejército realista para tomar el valle de Cañete y sus ulteriores tentativas para entrar a la Sierra por Quinches, siendo rechazado también por las montoneras locales hasta encontrar la retirada al fin por Tauripampa, de donde tomaron las alturas del Llongote para enfilar finalmente hacia las Pampas de Junín. Solo desde aquí se puede figurar uno el enorme problema logístico de llevar un ejército completo de una a otra de estas quebradas y finalmente subirlo a la mortal jornada cordillerana. En la historia del terrorismo se debe incluir esta retirada: La Serna dejó, como macabra advertencia a sus perseguidores, la Iglesia del pueblo quemada con todos sus heridos y prisioneros dentro con el doble propósito de aligerar la marcha y disuadir a sus perseguidores. La historia moderna del pueblo sigue parecidos vaivenes a los del resto de las comunidades andinas del s XX: esplendor agrícola y ganadero republicano seguido del paulatino deterioro del entorno que conlleva una decadente y olvidada entrada la modernidad. A pesar de que ninguna carretera llega a ella, incipientes proyectos de manejo forestal y de fauna silvestre (vicuñas) así como un intenso comercio de derivados lácteos muestran que los habitantes de esta comunidad, de elevado nivel cultural, están listos a entran al s XXI. En este contexto, el turismo, en particular sus modalidades ecológica y de aventura, aparecen como complemento y factor ideal del desarrollo sostenido que ellos mismos ya prefiguran.
