10. Tauripampa, enero de 2001 (II entrega), publicado el 12 de julio de 2008

By viajesen2ruedas

Desde nuestras primeras incursiones por las Lomas de Lima nos hemos familiarizado con estas construcciones de laja que se agrupan o se salpican en determinados lugares y que muchos toman por “ruinas” sin equivocarse del todo porque si se intenta averiguar quiénes pusieron la primera piedra de estos microasentamientos sin duda tendríamos que recurrir al C14, aunque también es posible que los cambios ecológicos acaecidos desde los primeros tiempos hayan determinado otros sitios para mayores establecimientos, como la evidencia de verdaderos restos en otros lugares de lomas y demás pisos con cobertura vegetal en la vertiente del Pacífico sugiere.

El hecho es que al llegar el invierno nos enteramos de que estas construcciones en la actualidad sirven de vivienda estacional para los numerosos (¿?) grupos familiares que todo el año literalmente trajinan de arribabajo y de abajoarriba con su ganado vacuno y caprino y aunque ya habíamos visto de cerca el modus vivendi de estos limeños atípicos, esta vez íbamos a tener un contacto más estrecho, porque era evidente que esta noche tendríamos que ser sus huéspedes. Los Valerianos accedieron de buena gana, con la previa sorpresa e incomprensión habituales por nuestra aparición y motivaciones: “¡Yo no me atrevo!” repetía entre carcajadas el jefe cada vez que detenía su quehacer para observarnos. Ellos habilitan sus viviendas completando con una estructura de palos las paredes permanentes de piedra y cubren el conjunto con techos de plástico o lona en algunos casos; cueros hacen las camas y el mobiliario obviamente es lítico. Del mismo modo nos habilitaron una pequeña habitación y después de una deliciosa sopa de leche y queso sazonas con yerbas de monte, dormíamos como niños.

Despertamos a las 4 de la mañana para emprender el resto de la caminata, que hicimos sin novedad en un par de horas por cerros completamente cubiertos de verde que recién empezaban a florecer apenas terminada la estación lluviosa. Llegamos a primera hora de una linda mañana que nos mostraba al pueblo tal como lo recordaba, excepto que en la entrada presentaba un teléfono público. Desayunamos en casa del profesor Bernabé y luego nos fuimos a descansar al albergue comunal que el alcalde Joaquín Escalante puso a nuestra disposición. Empleamos la tarde en visitar uno de los bosques de Tauripampa.

Cuando a principios de la década pasada, gracias a una mezcla de azar y de correcta interpretación de cartas descubrimos y establecimos las rutas “de Olleros”, se especuló mucho -y hasta ahora se hace- sobre la probabilidad de que existieran docenas de rutas análogas a todo lo largo de la Vertiente del Pacífico, siendo el sentido común creer que así era. Sin embargo, un análisis más detenido de nuestra geografía nos demuestra que esas joyas son más bien escasas y que es muy poco probable que existan ese tipo de bajadas de la Cordillera a la Costa y con condiciones tales que permitan su ciclabilidad fuera de los departamentos de Lima y Áncash, donde los Andes caen virtualmente a pico al mar y las cabeceras son de acceso relativamente fácil.

Desde esos años inferimos en base a los mapas de 1:100000 que por lo pronto 2 regiones en los alrededores de Lima presentaban rutas comparables a Olleros: una de ellas eran los interfluvios intermedios de Chillón y Chancay, específicamente en la zona de Huamantanga y otra era la de las cabeceras del río Omas, uno de cuyos principales afluentes nace en las alturas del distrito de Tauripampa, Yauyos. A las rutas de Huamantanga, de muy fácil acceso, hicimos una primera aproximación en el año 95 y se culminó con éxito su establecimiento el año siguiente, cuando bajamos de las bellísimas campiñas por la ruta que usa la peregrinación del Señor de Huamantanga.

Tauripampa fue otro cantar. Aunque con los muchachos del High Flight Cycling Club le creamos una aureola legendaria en una época de intensos descubrimientos que incluyeron, entre otros sucesos menores, el establecimiento de la ciclabilidad del Bosque de Zárate y culminó con la Ruta del Pariakaka, Tauripampa (Yauyos, 3574 msnm), se mantuvo hasta ahora en el secreto o a lo más dentro de la categoría de lo pintoresco debido a su difícil acceso: en efecto, un ramal de la carretera de penetración de Omas te deja 1500 m debajo del pueblo: desde allí, a cargar tu bicicleta si te atreves la tremenda pared que te separa del hasta entonces dudoso éxito. Eso, la pared y la duda mantuvieron a Tauripampa en el incógnito.

Sin embargo, la visitamos. En la época antes mencionada, no recuerdo exactamente cuándo, la curiosidad espoleó nuestra voluntad y subimos personalmente Pepe Colareta y un servidor a investigar. Solo íbamos a preguntar por la ruta inferida, sin embargo, porque estudiando las cartas nos sedujo más intentar la conexión con Ayauca, en la cuenca intermedia del río Cañete. En realidad, una forzada e incorrecta similicadencia me había hecho confundir Ayauca con Huancaya, que de hecho se encuentra lejísimos y hacía tiempo quería visitar en bici, induciéndonos a emprender esa ruta, que a pesar del error y de ser escasamente ciclable, nos reveló, guiados por el profesor Dionisio, el concentrado potencial ecológico y turístico del hinterland. Porque desde que salimos de las altas quechuas de Tauripampa conocimos, por el aroma, de su tremenda diversidad de hierbas medicinales mientras subíamos a la Suni ocupada por extensos y densos queñuales, tal vez los mayores de Lima (habría que comparar con los de Carhuapampa en la ruta del Pariakaka, y con los del Alto Sta Eulalia), que forman un collar alrededor de esta Punita, que, a pesar de los furtivos de aspecto marcial que a veces incursionan , alberga la mayor población de vicuñas de Lima (y segunda en el Perú , después de Pampa Galeras), testigos antiguos de cuántos alucinantes crepúsculos sobre el Pacífico, visible desde allí muy por encima de donde se espera el horizonte. Esa vez aportamos a la Apachecta del “Camino Paisano”, que recorre toda la divisoria entre Mala y Cañete, desde Cerro Azul hasta el Apu Llongote, que desde aquí parece una columna de hielo, el Nevado más próximo al mar en todo el Perú. De allí conecta el camino con Huancayo y Tarma. De las nieves del Llongote nace el río Ayauca, cuyas truchas saboreamos esa noche después de descender de la Suni de Moruco, rincón de singular belleza donde el granito megalítico realza la enigmática sombra de los queñuales. Pero esa ruta, en todo caso, conforma un excelente trekking. Esa vez, al pie de la Apachecta, por fin al profe Dionisio lo obligamos a admitir que tal vez, una de las bajadas a Cañete o a Quilmaná efectivamente fuera demencialmente ciclable por alguna especie de masoquistas o suicidas.
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Guardé el dato de Dionisio durante los últimos años esperando que la novelería por los últimos y más convencionales descubrimientos se desvaneciera. Los guardé hasta que se presentara la oportunidad y la compañía adecuada, pero hay tanto que hacer de nuevo que éstas se veían muy esquivas. Pero era también que la memoria convertida en instinto me disuade de emprender un ciclotrekking que los recuerdos no me presentaban como tan bravo, pero ese instinto simplemente cumplía su función y simplemente no iba. O sino porque convencer a la gente de ir a un sito nuevo siempre ha sido labor de gota que horada la piedra.

A pesar de todo este discurso cicloexistencial, no fui yo el que tomó la iniciativa para la expedición definitiva. Autoexiliado en el Norte Grande, dejé en manos de PeruBike el proyecto, que se vio favorecido por el hecho de que la familia de César había adquirido una chacra cerca de Omas. El convertirse en un local de la zona le llamó la atención sobre el lugar y hasta en dos ocasiones planeó expediciones que por uno u otro motivo no cuajaron.

Intentar dominar o siquiera controlar el durísimo Bosque Seco del NO en bicicleta fue una tarea que había dejado su secuela física y mental en mi persona; además, recién llegaba de Máncora a reaclimatarme a la velocidad y al modo citadinos. Por eso, cuando al día siguiente de llegar me dicen para ir, me niego de plano; además, previendo algo así, había dejado todo mi equipo con mi mudanza, que llegaba una semana después. Nunca se conoce uno lo suficiente ni cómo el bichito ese te domina y te obliga a ir como siempre prometiste que nunca irías: subequipado y encima con todo prestado. En eso pensaba ya de entrada en Omas mientras calculaba el peso de la mano de finísimos “maleños” de la isla y los dos contundentes (excelentes) tamales que compramos en Esquina de Asia, único peso que se aliviaría del equipaje durante el duro ciclotrekking que nos esperaba.

Esquina de Omas se llama el recodo donde la Quebrada Guayabo aporta por el E al río de Omas, que corre de NE a SE. De aquí arranca la repartición que acerca a Tauripampa. Los cerca de 20 kms de trocha, aunque de pronunciada pendiente, se hacen fáciles por lo variado del terreno y la particular geografía. En efecto, si el valle de Omas puede decirse rico y la vegetación en esta época del año (principios de abril) se puede decir lujuriante, la peculiar orientación de la quebrada Guayabo -que nos remite de frente al bosque de Zárate o la zona de Rupac- condiciona un conjunto de microclimas en toda la cuenquita que determinan su alto valor ecológico. En cristiano, esto significa que el paisaje es lindo y singular desde aquí como lo fue por el resto del viaje. De este vallecito, además de la rica y variada producción frutícola, se rescatan para el turismo convencional varios agradables lugares de pic-nic o de camping junto a un alegre arroyo de aguas cristalinas, algunas interesantes rutas de caminatas y los restos llamados “Pueblo Viejo”, aparentemente incas, bastante bien conservados y susceptibles de ser mejorados, en el límite entre el valle y una zona de vida muy poblada de grandes cactáceas y otras suculentas y espinosas que nos hace recordar el clásico desierto de Sonora (el del Gran Chaparral y muchas películas de vaqueros).

De mi anterior incursión sabía que la siguiente quebrada a Pueblo Viejo, en el lugar llamado Campamento estaba la entrada “correcta” para subir a Tauripampa. Aquella previa vez seguimos el camino que subía gradual pero implacablemente por la quebrada principal, pero todos nos dijeron que el mejor para nuestros fines era el de Campamento, el más usado entonces, que sube abruptamente por lo que en la práctica viene a ser una pared y luego enfila por las cumbres del contrafuerte hasta empalmar el corte de la carretera en proyecto que llega al pueblo. Y ya que insistíamos, bueno, hasta es posible que sea ciclable. El hecho es que al entrar esta vez por Campamento y preguntarle a la primera pastora que apareció, esta me aseguró que por ahí no era, observando con la habitual sorpresa nuestras máquinas. Yo no podía entender cuál era la confusión, pero por las dudas retomamos la carretera y un poco más allá nos dijeron que habían dos alternativas: el camino de la quebrada estaba rehabilitado y ahora era el más usado; pero si queríamos conocer el otro camino, podíamos tomarlo allí mismo, subiendo a campo traviesa por el cerro, donde cruzaríamos más arriba una de varias huellas de pastores que luego se unían al camino real. ¿Cuántas horas? …3…5…era imprecisa la respuesta; en todo caso, bien andado llegaríamos a Tauripampa al anochecer. Y ¿habrá alguien a quien preguntarle en el camino? Sí; hay varios ganaderos con “crías” arriba. Si ven bien allí, decían señalando a un punto a unos 500 metros casi directamente encima de nuestras cabezas, están sus campamentos. Ya nos habíamos mentalizado para una dura trepada, así que sin esperar disuasivos pusimos cuerpos a la obra de inmediato, a eso de las 2 y media de la tarde.

Nunca se sabe, en estos casos, adonde se va el tiempo. Lo cierto es que después de tres horas de escalar, arrastrarnos y, en algún adrenalínico instante, pedalear, habíamos llegado adonde los ganaderos, donde nos dimos con la esperada sorpresa de verificar que nuestras ingenuas estimaciones de que sus campamentos estarían a lo más a un cuarto de camino (mejor dicho, de trepada) de la cumbre, estaban de más: Pampa Larga, el estrecho descanso en la pendiente que tenía todo de larga pero nada de pampa, se encontraba recién completando el primer tercio de del cerro; de allí, todavía faltaba un número indeterminado de kms por el corte de carretera hasta el pueblo. A poco para las 6, sabíamos que no llegaríamos antes de la medianoche y, franco franco, el cuerpo ya no daba, así que allí nos quedamos…
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Las Cordilleras de Yauyos presentan la particular caracterìstica de ser no un segmento de cadena como en el resto de los Andes Occidentales, sino más bien un macizo que visto desde el aire puede compararse con una península donde las cuencas de Mala y Cañete y el llano costero vienen a ser como el mar y el istmo correspondería al estrecho contrafuerte, un cuello, destacado por la Cordillera Central en dirección SE-NW y que al acercarse a la Costa se eleva formando las Cordilleras Nevadas de Picchahuacra y Llongote, esta última la más cercana al litoral en todo el Perú. Llongote, Apu mayor de Yauyos, a su vez, proyecta lo que podríamos describir como un espolón de puna hacia la costa, divisoria entre las cuencas de Omas y Cañete, el borde del cual, antes de ramificarse y precipitarse al mar, se encuentra cubierto por una ceja o, mejor, un collar de bosques de qeñual. Al pie de uno de estos bosques, abrigada entre dos de estas ramificaciones (al NO) se encuentra Tauripampa (3574 msnm). El pueblo, capital del distrito del mismo nombre, fue fundado en 1821 y sus primeros habitantes provinieron de una serie de villas coloniales que bordean las quechuas que nos ocupan como otros tantos miradores al mar y cuyos restos son visibles aún hoy en la misma cota de Tauripampa aproximadamente. La región fue ocupada antes por los aguerridos Yauyos, que han dejado una serie de restos de regular importancia. La ausencia de restos Incas y de la lengua quechua indican que no fue conquistada aunque los restos de fortalezas que predominan entre la arquitectura nativa sugieren que tanto sus excelentes tierras de pastoreo como la completa variedad de pisos cultivables fueron más que codiciadas por los cusqueños, que seguramente prefirieron afianzar otras conquistas antes de emprender la dudosa aventura de vencer a los indómitos lugareños. De las tradiciones locales, la más recurrente refiere el paso de La Serna por la región. Vívidamente nos refirió el profesor Bernabé los fallidos intentos del ejército realista para tomar el valle de Cañete y sus ulteriores tentativas para entrar a la Sierra por Quinches, siendo rechazado también por las montoneras locales hasta encontrar la retirada al fin por Tauripampa, de donde tomaron las alturas del Llongote para enfilar finalmente hacia las Pampas de Junín. Solo desde aquí se puede figurar uno el enorme problema logístico de llevar un ejército completo de una a otra de estas quebradas y finalmente subirlo a la mortal jornada cordillerana. En la historia del terrorismo se debe incluir esta retirada: La Serna dejó, como macabra advertencia a sus perseguidores, la Iglesia del pueblo quemada con todos sus heridos y prisioneros dentro con el doble propósito de aligerar la marcha y disuadir a sus perseguidores. La historia moderna del pueblo sigue parecidos vaivenes a los del resto de las comunidades andinas del s XX: esplendor agrícola y ganadero republicano seguido del paulatino deterioro del entorno que conlleva una decadente y olvidada entrada la modernidad. A pesar de que ninguna carretera llega a ella, incipientes proyectos de manejo forestal y de fauna silvestre (vicuñas) así como un intenso comercio de derivados lácteos muestran que los habitantes de esta comunidad, de elevado nivel cultural, están listos a entran al s XXI. En este contexto, el turismo, en particular sus modalidades ecológica y de aventura, aparecen como complemento y factor ideal del desarrollo sostenido que ellos mismos ya prefiguran.
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Desde nuestras primeras incursiones por las Lomas de Lima nos hemos familiarizado con estas construcciones de laja que se agrupan o se salpican en determinados lugares y que muchos toman por “ruinas” sin equivocarse del todo porque si se intenta averiguar quiénes pusieron la primera piedra de estos microasentamientos sin duda tendríamos que recurrir al C14, aunque también es posible que los cambios ecológicos acaecidos desde los primeros tiempos hayan determinado otros sitios para mayores establecimientos, como la evidencia de verdaderos restos en otros lugares de lomas y demás pisos con cobertura vegetal en la vertiente del Pacífico sugiere. El hecho es que al llegar el invierno nos enteramos de que estas construcciones en la actualidad sirven de vivienda estacional para los numerosos (¿?) grupos familiares que todo el año literalmente trajinan de arribabajo y de abajoarriba con su ganado vacuno y caprino y aunque ya habíamos visto de cerca el modus vivendi de estos limeños atípicos, esta vez íbamos a tener un contacto más estrecho, porque era evidente que esta noche tendríamos que ser sus huéspedes. Los Valerianos accedieron de buena gana, con la previa sorpresa e incomprensión habituales por nuestra aparición y motivaciones: “¡Yo no me atrevo!” repetía entre carcajadas el jefe cada vez que detenía su quehacer para observarnos. Ellos habilitan sus viviendas completando con una estructura de palos las paredes permanentes de piedra y cubren el conjunto con techos de plástico o lona en algunos casos; cueros hacen las camas y el mobiliario obviamente es lítico. Del mismo modo nos habilitaron una pequeña habitación y después de una deliciosa sopa de leche y queso sazonas con yerbas de monte, dormíamos como niños.

Despertamos a las 4 de la mañana para emprender el resto de la caminata, que hicimos sin novedad en un par de horas por cerros completamente cubiertos de verde que recién empezaban a florecer apenas terminada la estación lluviosa. Llegamos a primera hora de una linda mañana que nos mostraba al pueblo tal como lo recordaba, excepto que en la entrada presentaba un teléfono público. Desayunamos en casa del profesor Bernabé y luego nos fuimos a descansar al albergue comunal que el alcalde Joaquín Escalante puso a nuestra disposición. Empleamos la tarde en visitar uno de los bosques de qeuñual vecinos y después de cenar y confraternizar con los locales, nos fuimos a acostar temprano para amanecer al día siguiente para la desconocida jornada de descenso.

Al hacer las averiguaciones acerca de la ruta que íbamos a emprender, esta vez las estimaciones no fueron tan optimistas, pero en todo caso, los poblanos nos mandaron con el joven profesor llamado Brezhnev Soriano, quien iba a ver sus “crías” por allí por donde podía haber lugar a confusión en la ruta. En el breve trayecto que compartimos supimos de su recurrente historia, de cómo siendo un excelente y joven profesor titulado en Huancayo (aparentaba menos de 20 pero creo que tiene 25 años), su nombramiento era una y otra vez postergado a pesar de que sus condiciones y amor por su carrera y terruño saltaban a la vista. Nos ofreció una colección de fotos y una serie de tradiciones locales recopiladas por él mismo. Ahora partía a internarse en el despoblado que separa las quechuas de la costa a dedicarse a su labor “alternativa” de pastoreo.

Los primeros 5 kms, los que compartimos con el profe, excelentes, prometían el éxito de la exploración. El paisaje, imponente como es habitual en estos casos, era recorrido por el camino en suave descenso bajo una cornisa lítica que por partes presentaba lenguas de qeuñales que se descolgaban al abismo, que un poco más abajo se interrumpía brevemente en unos como balcones ocupados por corrales, huertas, una que otra casita y en dos casos, por estos pueblos coloniales en ruinas y de allí se repartía en varios contrafuertes que se sumergían en un manto blanquísimo de estratos. En el horizonte, exactamente encima de esta capa, una franja más azulada que el celeste del cielo denunciaba la “altamar”. Nos detuvimos donde el camino se dividía en uno que seguía faldeando y otro que tomaba por la fila uno de esos contrafuertes. Brezhnev llegó corriendo y excitadísimo por las recién reveladas prestaciones de las montañeras prometiendo aprender a manejarlas para poder guiarnos en futuras exploraciones. Nos despedimos de nuestro apreciable, excelente guía después de que nos asegurara que las doce horas que nos había estimado antes de ver nuestra performance se reducirían a un tercio y que casi todo (95% por lo menos, dijo) lo haríamos montados. Luego de una breve porteada y un surrealista encuentro cercano con un magnífico venado macho, vino el verdadero descenso por una vereda increíble, clase IV, V y VI, estas últimas posibles pero que por momentos nos obligaban a desmontar porque simplemente no había margen de error y a la izquierda había un precipicio de vacío limpio de 500 metros. Esta sección tenía como 8 kms por la pared derecha de un impresionante cañón que poco a poco se iba ampliando hasta convertirse en un vallecito poblado de alisos, molles y huarangos que ya acusaban el cambio de piso ecológico donde a poco aparecían las primeras chacras de la quebrada que aquí se llamaba Aliso y un poco más abajo Pócoto. En cierto punto había una placa conmemorativa de la rehabilitación del camino rural por los municipios de Imperial y Tauripampa allá por los años 60. Preguntando, supimos que la que estábamos recorriendo era la última sección del famoso “Camino Paisano” mismo que en las alturas usó La Serna para evacuar a Junín.

En esta parte el camino ya va por el lecho de la quebrada y es de lo mejor. Un singletrack (sendero) de alta velocidad amenizado por los variados cruces de los numerosos huaicos afluentes. 20 kms de pura y segura diversión, clase III, que como suele suceder no es un descubrimiento: a poco de comenzar nos encontramos con un local empujando su cleta que nos explicó que la ruta es usada por los agricultores de Sta Cruz del Valle desde y hacia Imperial. Fue una suerte que así fuera, porque al inicio de esa sección mi llanta trasera me había comenzado a dar problemas y luego de varias reparaciones infructuosas que echaron abajo nuestra buena regularidad, colapsó justo cuando comenzaba la trocha carrozable, absolutamente intransitada y todavía a 35 kms de Roma, nuestro destino cerca de Imperial. El panorama era triste, porque calculando la velocidad de camino calculé llegar no antes de las 10 pm. Como no tenía sentido que los tres pagáramos pato, convencí a los compañeros (creo que hasta aquí olvidé mencionar al leal escudero Jose Coloma) de que siguieran montando y ya nos veríamos en Lima. Pero mi ángel de la guarda se apareció personificado en otro local que regresaba de su faena y me dijo que no había problema, que el cosería mi llanta como tantas veces había hecho con la de su bici. Me invitó a su casa y mientras ponía amables manos a la obra, me invitó un reparador jugo de maracuyá y amenizaba la labor dándome detalles sobre la zona y todo lo que me pudiera interesar. Media hora después estaba en ruta y al poco rato me encuentro con César, que iba a mi rescate cargando una llanta nuevecita que por una de esas casualidades de la vida habían encontrado y comprado a ¡35 soles! en Pócoto, 5 kms más abajo. Fue una suerte, porque mi otra llanta comenzaba a seguir el mismo camino que la primera, así que la cambiamos y seguimos rumbo a Roma, adonde llegamos poco después de anochecer.

La exploración había sido un éxito, la ruta medía como 65 kms de los cuales 35 eran excelente singletrack y el resto una excelente trocha. Ello nos llevó a planear el regreso en Semana Santa con más gente. Como había teléfono en Tauripampa, fue posible coordinar la logística con anticipación de modo que esta vez habría una recua de burros esperándonos para subir nuestras cletas y suavizarnos el penoso ascenso. Por desgracia el transporte, la pesadilla del turismo en nuestro país, una vez más falló y nos hizo llegar a media tarde, una hora después de que los burros habían emprendido el regreso. Si bien la situación era difícil,no era desesperada. Nos organizamos de modo que la gente subiera con el mínimo equipaje al toque mientras tres de nosotros nos quedaríamos en el sitio con las bicicletas a reunir los 8 burros necesarios, cosa que no sería tan difícil puesto que estábamos en el puertito de salida y llegada a Tauripampa en un día de comercio y constantemente llegaban burros cargados de queso y otros productos. Partimos poco antes del anochecer y lo que vino a continuación fue una encantadora caminata a la luz de la luna llena arriando nosotros mismos los burros por un caminito que una y otra vez me hacía pensar cómo aún hoy todavía es posible viajar como lo hizo Raimondi hace siglo y medio por estos mismos caminos a lugares a los cuales no hay otra manera de llegar. No hay palabras para expresar mis sentimientos cada vez que en una curva del camino volteaba para ver a Jose arriando feliz a los animales, iluminado por esa magia indescriptible de la luna serrana.
De este viaje vale destacar el entusiasmo y vitalidad de Gustavo Swayne y Lalo Málaga, del “Flight” que emprendieron el recio trekking hasta medianoche tan solo para darse el gusto de hacer el descenso a primera hora del día sgte. Llamaron esa tarde para darnos sus impresiones de la ruta. Tanbién la participación de la simpatiquísima Viviana Rossi, que una vez más desmiente aquello del sexo “débil”. Esta vez, con más días disponibles, pudimos explorar mejor la zona, abarcando otros bosques de qeuñal, los anexos vecinos, el Apu tutelar del pueblo, escenario de las fiestas y tradiciones locales y sobre todo hicimos otro increíble camino de 15 kms y que incluye la zona llamada Concepción, donde uno de aquellos bosques de qeuñal que se descuelga de las cornisas pétreas se convierte en un hermoso bosquete de chachacomo, calatillo y otras especies que le da el toque de surrealismo al recorrido. Nos dijeron que esa ruta llega a Zúñiga y según todos los indicios, refrendados por las versiones locales, debe ser ciclable en suficiente medida como para intentarlo. Veremos. El domingo de Pascua hicimos el épico descenso sin más novedad que unos cuantos sustos y mucha adrenalina.
Sin temor a incurrir en el lugar común, podemos decir que Tauripampa es un lugar privilegiado con una variedad de recursos naturales y obra humana que lo convierten en un destino turístico ineludible, tal como lo espero haber dado a entender en esta crónica. Gran parte de su encanto se debe a la ausencia de carretera de acceso de manera que conserva en buena parte intacto el ambiente tal como fue en los últimos 200 o 300 años. Es necesario cultivar entre sus educados habitantes la necesidad de mantenerlo así cuando la inevitable y necesaria vía de comunicación llegue, cosa perfectamente posible si se desarrolla una adecuada estrategia turística que se complemente y retroalimente con los otros frentes de desarrollo sostenido. Con Tauripampa y luego de completar la Ruta del Pariacaca/Alto Cañete y visitar la cuenca de Ayavirí/Quinches hemos completado un gran rodeo a las Cordilleras de Yauyos (Picchahuacra, Ticlla, Llongote) notable recurso ecoturístico que constituye otro importante aporte colectivo del ciclomontañismo de vanguardia a la oferta turística nacional. Estamos a la espera de que las autoridades del sector despierten de su letargo y proporcionen de una vez por todas el marco para que se convierta en factor de desarrollo sostenido.
En la versión de Semana Santa participaron: José, César Ortega, Fernando Castro, Viviana, Kiko Bustamante, Negro Fortuna, GG(se lee yiyi) Deza, Dino Vanucci, Arturo, Lalo, Gustavo, Andy, Chino Beto, Gonzalo Gómez Sánchez y tal vez alguien más que se me escapa y a quienes pido disculpas. Trekkeando fueron Pepe Colareta y su esposa Jackie Velasco, Víctor Abanto y Willy Reaño. Hace cosa de 2 meses regresó una pequeña comisión del “Flight” integrada por Lalo y Carlitos Málaga, Jose, Hugo Salazar, Gonzalo Valera y 2 burros cargados de juguetes y útiles escolares.

Más fotos en http://picasaweb.google.es/aputrails/TauripampaVol?authkey=lLwdk8NhxX8

4 comentarios para “10. Tauripampa, enero de 2001 (II entrega), publicado el 12 de julio de 2008”

  1. enrique subauste (abuelo) Dice:

    hola yuri, ke bacan encontrarte en estos afanes. una consulta, te resistes a usar gps por el gusto de leer mapas o porque simplemente no son funcionales en la geografia de la sierra de lima?

  2. Eduardo Rojas Dice:

    Hola Yuri que gusto saber de ti, que es de tu vida en que andas
    En esta direccion estan algunas fotos de nuestro viaje a Escomarca http://elgustodeviajar.blogspot.com/search/label/Lurin

    Saludos El Espia

  3. Mario Dice:

    Hola Yuri, esperamos más notas tuyas. A ver si coincidimos en la ruta. Un abrazo amigo…

  4. Luis antonio Dice:

    Asu mare! no hay quien aguante tanta letra en la web esta paja pero se mas breve.

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